Con Clara en Berlín

Ibero

6 de febrero de 2013

Me encontré con Clara en la biblioteca del Instituto Iberoamericano. Antes había vagado por las librerías, buscando algo de material, y por la zona de Postdamer Platz, sacando fotos. Cuando entré en la Ibero, vi a alguien que sacaba sus cosas del locker y enseguida me di cuenta de que era Clara. Como era mediodía, salimos de la Ibero y nos fuimos rápido para la Mensa, el comedor universitario de un centro de estudios sociológicos que quedaba pasando la Nueva Galería Nacional. Enseguida me sentí a gusto con ella. Recordé los meses que pasé en Leipzig, comiendo casi todos los mediodías en la Mensa de la Universidad: la fila, la gente, los menúes raros, y el grito de feierabend! hacia el final del almuerzo. El menú para ambas fue el típico alemán, redundante y obvio: salchichas con chucrut.

La conversación con Clara fue fluida desde el principio. Me contó con mucha pasión acerca de su trabajo en Alemania, de cómo había llegado hasta allá y por qué le interesaba aquel país. Me contó que hacía casi 3 años que vivía en Alemania, ya que había pedido una beca para hacer su doctorado completo allá. Su lugar de base era Rostock, pero hacía visitas periódicas a Berlín. Le pedí que me contara brevemente acerca del tema de su tesis doctoral: la recepción de la filosofía Alemana en el primer peronismo -con Heidegger como figura fundamental- y la interpretación de esas ideas en el ámbito cultural y político de la Argentina del ’46. También me contó sobre la llegada de filósofos alemanes a Argentina y la mirada que ellos tenían sobre nuestro país. Clara gesticulaba y hablaba con mucha fuerza sobre su especialidad. En  aquel entonces, Argentina, como país, buscaba posicionarse en el centro de la escena y no en la periferia. Cuando Alemania estaba desgarrada por la posguerra, Argentina vivía un momento próspero a nivel político, económico y cultural. ‘Cómo viajan las ideas, me dijo, ‘eso me interesa, cómo se interpretan’. También habló sobre la generación que hoy está escribiendo desde otro lugar, dejando un poco atrás a los opinólogos de la historia. Esta experiencia en Alemania le había dado la posibilidad de formar parte de aquel grupo, gracias a la posibilidad que había tenido de visitar tanto los archivos alemanes como los argentinos. También habló de lo precario del sistema de archivos en la Argentina y de lo difícil que muchas veces se tornaba todo debido al descuido y el caos. Habló con ímpetu de sus filósofos favorito, Carlos Astrada, filósofo argentino que vino a Alemania en los años veinte a estudiar filosofía en la ciudad de Friburgo. También mencionó a Heidegger en relación a la cabaña que tenía el filósofo en las afueras de la ciudad. Ella misma estando en Friburgo visitó ambas casas. Una serie de sucesos afortunados la hicieron llegar a la casa donde se había alojado Astrada y conocer a la descendencia de Heidegger en la casilla del filósofo. En ese punto el relato llegó a su punto más alto. Clara describió los encuentros con los familiares de Heidegger como ‘mágicos’.
La acompañó en todo ese viaje, una hoja de roble que su padre le había pedido le trajera de la Selva Negra.

Terminamos el almuerzo y volvimos caminando a la Ibero. Me dijo que quería terminar su tesis en Alemania y publicarla. Le hice unas fotos junto al monumento de Bolivar, después entramos. Me llevó hasta el lugar donde trabajaba rodeada de libros y equipada con una computadora. Luego me acompañó hasta la puerta y nos despedimos con un fuerte abrazo. Volveríamos a encontrarnos en Rostock.

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