Con Clara en Rostock

17 de Febrero de 2013

El viaje hacia Rostock fue largo. Salí temprano desde la estación Jena Oeste. Llovía. Esperaba el taxi mientras intentaba tomar un pequeño desayuno. El dueño del hostel me llamó la atención, me dijo que me apurara, que seguramente el taxi ya estaría abajo. Me metí el sandwich de salame en la mochila y bajé. Cuando llegué a la estación saqué algunas fotos mientras esperaba el tren, el paisaje se presentaba húmedo y solitario. Una vez más montada en el ICE me dispuse a trabajar sobre una de las mesas. A medida que pasaban las estaciones, subían y bajaban los pasajeros. Recuerdo ese padre e hijo que subieron en Naumburg. Me emocionó escucharlos, reirse, mirar juntos por la ventanilla, hasta que se bajaron en Leipzig. Cuando salía de Leipzig me asaltaron algunos recuerdos de los meses que pasé ahí. Tenía que hacer un cambio de tren en Berlín y cuando llegué la estación era un caos, supongo que porque era sábado por la mañana, todos se mueven de una ciudad a otra los fines de semana. Cuando estaba parada en el andén esperando el tren regional que me llevaría a Rostock tuve el impulso de quedarme, pero Clara me esperaba.

El paisaje era cada vez más húmedo y sucio, creo que estaba influenciada por la ventanilla más pequeña y llena de barro del ‘Regio’, como lo llaman los alemanes. Después de 6 horas, llegué a Rostock, Clara me esperaba en la estación y fuimos caminando hasta su WG (el we-gue, así se les llama a los departamentos compartidos). Cuando llegamos comí los fideos que había comprado en la estaciónya que solo había comido ese sandwich de salame en todo el día, y salimos caminando a la oficina de Clara situada en el Kolleg, donde haríamos las fotos y la entrevista. Fue todo encadenado ya que no había mucho tiempo, al día siguiente partíamos hacia Berlín. La ciudad estaba vacía, la humedad y la nieve persistían y  junto con algunas cosas que pude identificar de su pasado dentro de la DDR, todo tenía un tono melancólico.

Hicimos la entrevista con te de por medio, Clara contestó las preguntas de manera exhaustiva, fue la entrevista más larga que conseguí. Subimos a la terraza del edificio que ofrecía una buena vista panorámica de la ciudad. La presencia del agua, allá un barco y las casas pintadas de colores, tan típico de las ciudades costeras. De nuevo me invadió una sensación de nostalgia. Clara posó para la cámara con sus botas clavadas en la nieve que se depositaba en la terraza. La luz ya era pobre, casi todo el viaje lidié con esa luz austera, pero ahora sí se estaba haciendo de noche. Caminamos de vuelta y paramos en un supermercado a comprar unos víveres para la cena, nos esperaban sus compañeras de departamento o Mitbewohner como lo llaman ellos. Cuando llegamos las Mitbewohnerinnen estaban ya sentadas en la mesa comiendo unas hamburguesas vegetarianas con papas fritas que acompañaban con los más diversos aderezos de inconfundible etiqueta: BIO-OKO-AUS DER NATUR. El lugar de Clara era un típico departamento compartido con 4 habitaciones y abundaban carteles pegados en la pared con frases de tono feminista. La cena era exclusiva de chicas, me confundía un poco la situación, quienes vivían con Clara, si algunas eran pareja, si eran amigas…me costaba seguir la conversación, por momento conectaba y por momentos me perdía completamente presa del lenguaje. Esa noche dormí como nunca había dormido en todo el viaje. Clara me dejó su habitación que estaba casi desmantelada porque se estaba mudando de cuarto. A la mañana siguiente desayunamos con 2 de las integrantes del WG y ahí finalmente identifiqué a sus compañeras. Salimos a explorar Rostock con el día casi igual en aspecto que el anterior, pero esta vez con algo de niebla. Yo quería llegar al mar, quería llegar al borde y pararme frente a ese Ostsee, así que tomamos el tren hasta la playa de Warnemünde. Durante el viaje, Clara habló de su relación con Rostock, de como había llegado ahí y de lo mucho que le gustaba la ciudad. Cuando estábamos llegando a Lichtenhagen me contó de los episodios xenófobos que habían sucedido en los años 90′ en los monoblocks típicos construídos durante la DDR. El paisaje se volvía cada vez más desolador, cuando por el altoparlante se escuchó la voz: Lichtenhagen acompañada por la típica musiquita que anuncia la parada. La intolerancia de un grupo de alemanes hacia extranjeros residentes vietnamitas había ocupado un lugar en las noticias. Al parecer la televisión jugó un rol importante ya que por lo que entendí, se mostraban imágenes de la gente del barrio apoyando a este grupo de neo-nazis.

Pude ver y fotografiar desde el tren en movimiento aquel emblemático edificio de los girasoles mientras Clara me lo apuntaba con el dedo. Lo que quedó del viaje hasta la playa se me presentó de nuevo la guerra, el comunismo, la intolerancia y de como ese hecho traía todo ese pasado hasta acá, justo en ese momento divisé el agua. Era domingo y la gente paseaba por las calles de la ciudad costera, ‘esto es como Mar del Plata’  me dijo Clara. Estaban las gaviotas revoloteando, queriendo robar algo de comida, estaba el aroma del Gluhwein, el vino especiado, estaban los paseos en barco y los puestos de comida hasta que finalmente llegamos a la playa. Sentí el silencio, y una tranquilidad inquietante. El agua se movía casi nada, en el horizonte se depositaba un poco de niebla, el escenario era tan calmo, que tuve una sensación de tranquilidad y de temor al mismo tiempo. Despegué un poco la vista del horizonte, miré hacia la derecha y vi como suavemente se acercaba un crucero gigantesco. Clara me sacó de ese letargo. Giré bruscamente la cabeza para encontrar el Hotel Neptuno, ‘ ahí es donde paró Fidel Castro en los años 60’, me dijo. Seguimos caminando un poco más por la playa, muchos paseaban por la orilla. Emprendimos la vuelta con un sandwich de pescado a cuestas. Cuando llegamos, tomamos el tranvía hasta la ciudad vieja. El clima de domingo era absoluto. Pasamos por las iglesias hasta llegar a la Petrikirche, la favorita de Clara debido al ‘bonete’ negro que se veía desde toda la ciudad, nos sacamos una auto-foto juntas, pero el bonete salió cortado. Cerca de ahí me confesó que era el lugar donde soñaba instalarse. Mientras seguíamos el recorrido me contó un episodio vivido cuando la visitó su hermano. El episodio es extenso y digno de otro relato, por lo que decidí mencionarlo a modo de título y dejarlo ahí: EL MISTERIOSO CASO DEL ROBO DE LA FIGURA MEDIEVAL por los Hermanos R. Clara tuvo que volver a su departamento y yo quedé vagando por Rostock.

Me perdí. Clara vino a buscarme corriendo, ya que teníamos que tomarnos el tren con destino a Berlín. Charlamos todo el viaje acompañando con las papas fritas que habían sobrado de la noche anterior. Cuando llegamos nos subimos al S-bahn para llegar a nuestros respectivos hospedajes. Quedamos en volver a vernos antes de mi partida pero finalmente, llegando casi a Hackescher Markt, ese fue el abrazo de despedida.

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2 comentarios to “Con Clara en Rostock”

  1. Qué emoción me da leer estos encuentros y saber que mi hermana está tan feliz allá, aunque la extrañe mucho mucho.
    Muy lindas las fotos también!! felicitaciones!!!
    Anita.

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