Con Julia en Berlín

Kreuzberg

 

7 de febrero de 2013

El día empezó en Postdamer Platz. Ese lugar extraño de la ciudad, en donde siempre me siento rara .Cuando me paré delante de aquel semáforo viejo de los años ’30, que aún hoy sigue en pie, se me presentan imágenes del ‘Alt-Berliner Photoalbum’, un libro que amo, lleno de fotos viejas de la ciudad. En aquellas imágenes se podía comprender que era un punto neurálgico de la ciudad: Gente, tranvías, autos, bicicletas, negocios, marquesinas.

Parada allí, podía ver que del otro lado de la calle, justo en la salida de la estación de tren, había un un pedazo de muro y la línea de adoquines que indicaba por donde había pasado aquel infame paredón de cemento. Berlin Postdamer Platz: no-man’s-land. A partir de la división de Berlín en agosto del ’61, Postdamer Platz fue un centro muerto: los edificios habían sido demolidos y lo que había sido una agitada intersección, ahora estaba desolada. Atravesada por alambres de púas y garitas de seguridad, guardaba una estación de tren clausurada, el corolario de la partición de la ciudad.…

Emprendí viaje hacia el Martin Gropius Bau donde había un evento de la Berlinale y la muestra de la fotoperiodista Margaret Bourke-White. Me impresionó su condición de mujer norteamericana, fotógrafa en la segunda guerra mundial; una mujer fotografiando el horror… Las fotos de los suicidios nazis me dejaron varios minutos estupefacta parada delante de ellas… eran imágenes tan brutales, tan invadidas de silencio… Por un momento se me pasó por la cabeza que no podían ser ciertas, parecían stills de películas, o bien podían ser una obra de Cindy Sherman, aquella artista que se retrata a sí misma, posando delante de la cámara y fabricando escenas y personajes.

Seguí adelante y me encontré con la foto de Stalin. Era una foto tan humana y tan extraña a la vez que… parecía inverosímil o fuera de contexto… La foto venía acompañada de una anécdota: al parecer Bourke-White tenía la intención de sacarle una foto a Stalin, pero el tipo era una piedra. Entonces ella se agachó y se le cayeron unas pastillas (el texto estaba en alemán y no recuerdo bien los detalles) entonces Stalin empezó a reírse de la chica americana de rodillas. La sonrisa duró un momento y ahí disparó; inmediatamente después, el tipo volvió a ser una piedra.

Salí y me tomé el bus hacia lo de Julia, una artista argentina que hoy vive en Kreuzberg. Pensé que llegaría rápido, pero di varias vuelta hasta que me perdí y terminé frente al Kunsthaus Bethanien -ese edificio imponente que supo ser un hospital y que hoy es un centro cultural con residencias artísticas.
Julia me esperaba hambrienta, ya que llegué cerca de las 15 hs, disculpándome por llegar tan tarde. Su casa fue un remanso, había calor de hogar y me esperaba un plato de fideos con crema y champiñones. El vidrio de la cocina estaba empañado, afuera hacía muchísimo frío. Sentí como si hubiese llegado a la casa de una amiga, después de un largo día.

Julia fue un tanto más pausada que Clara, empezó a contarme por retazos como era que había llegado a Alemania. Me contó de Leipzig, de Berlín y de su amor por Buenos Aires. Si bien el relato acerca de sus pasos por Alemania no me quedó tan claro, comprendí la razón detrás de su trabajo. Su abuelo Rafael, un trabajador y militante del partido comunista, había hecho un viaje a la RDA en los años ’70. Parte del trabajo de Julia, tomaba como punto de partida la experiencia de su abuelo y su mirada sobre el comunismo.

Ya no había luz cuando pasamos de la cocina a su lugar de trabajo. Su taller y el de su novio eran tan acogedores como esa cocina en la que habíamos estado minutos antes. La calefacción a carbón ocupaba un lugar importante en la habitación. La presencia del Kohle nos llevó a hablar de la guerra. En Berlín todo está cambiando, pero la presencia del carbón siempre me hace pensar en el pasado. En medio de la charla, Julia me contó que había encontrado un papel o ticket de los años ’40 en un ropero. ‘¿Qué habrán visto estas paredes?’ dijo, mientras tomábamos té de forma continuada.

La entrevista salió muy bien, aunque al principio me confesó que se sentía extraña, ya que nunca había estado del otro lado. Para mi también era extraño, era la primera vez que hacía ese trabajo. De pronto me di cuenta de que era noche cerrada. La temperatura había bajado aún más y ya no teníamos el calor del té. Le dije que volvería cuando hubiera más luz. A pesar de que ya era de noche, me encontré con que en Xberg aún había mucho movimiento. Había sido un largo día y estaba contenta de volver a casa.

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