Últimos días en Alemania

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23 de Febrero 2013

Los últimos días en Berlín fueron intensos. Tenía todo el material para revelar, así que me tomé el Tram al Foto-labor de la Pappelalle que me había recomendado Pascal. Estaba ansiosa por ver lo que había fotografiado; con la película uno siente que trabaja a ciegas, hay algo que sucede adentro de la cámara que es todo un misterio y ya quería saber qué había sucedido. Tenía cita con el Professor en un par de días para mostrarle el progreso del proyecto antes de irme.

Con el material listo y revisado, fui a encontrarme con el Professor K. en la escuela. Cuando hablamos por teléfono, me dijo que estaba con unas entregas finales y que tendría que esperarlo un rato. Llegué con el M2 hasta la parada final y caminé hacia la KHB. Me compré un café en el bar y me senté en una de las mesas que miran el gran patio verde de la escuela, ahora todo nevado. Recordé el tiempo que pasé en la escuela; me gustaba estar entre los estudiantes, esa quietud y ese murmullo en alemán, tenía ganas de volver el tiempo atrás…

Sonó el celular. Era el Professor que me decía que ya estaba en su oficina y que me esperaba allí. Caminé por los pasillos hasta llegar a la oficina. Sentía la tensión de hablar en alemán -siempre pongo mucho esfuerzo en tratar de poner bien los artículos y no olvidarme de los verbos al final, aunque casi siempre fallo.

La charla con K fue de lo más fluída. Le mostré el trabajo anterior, las fotos que había sacado en este viaje y me hizo varias preguntas. En un momento me miró a los ojos y me dijo que entendía lo que era para nosotros los fotógrafos viajar con todo ese equipaje a cuestas: cámaras, trípode, película, laptop… Le comenté que había lidiado con la luz todo el viaje. Miró hacia afuera con resignación; afuera nevaba y me dijo: ‘Claro, aquí el clima es difícil’…Für mich ist aber sehr schön’, le dije y se volvió hacia mí con un gesto apático… Interpreté que el Professor odiaba el frío; en cambio a mi me parecía hermoso. Le agradecí. Me gustó mucho ese momento; fue un alto en el viaje, una reflexión sobre lo que había trabajado.

Al día siguiente amanecí temprano, me quedaba sólo ese día para terminar de ordenar mis cosas. A la noche había quedado en encontrarme con Osvaldo, un artista argentino que vive en Berlín desde los ´80.

Salí a desayunar. Como no tenía apuro esta vez, cambié de bar. Me fuí al de la esquina de la Zionskirche y la Choriner Straße. Me encantaba ese bar, tenía algo moderno pero también quedado en el tiempo berlinés. Me tomé un café con mi predilecta: la schokocroissant. Sólo me senté ahí, no quería hacer más nada; sólo estar sentada en ese bar, mirando por la ventana. Tomé el cuaderno e hice un pequeño dibujo de lo que veía. De pronto el camarero me preguntó de dónde era. Resultó que él era mexicano y terminamos hablando un rato en español.

El día transcurrió tranquilo hasta que por la noche nos encontramos con Osvaldo en un restaurante chino cerca de Hackescher Markt. Sentí esa familiaridad que había experimentado cada vez que me encontraba con un argentino. Cuando llegamos, me corrió la silla para que me sentara y me dijo que le gustaba hacer eso, ya que en Alemania las mujeres no se lo permitían porque sentían que era un gesto machista. Me contó sobre el mundillo del arte en los 80s en Buenos Aires. Había sido parte del grupo conformado por Ballesteros, Macchi, Suárez y había pasado tiempo con el famoso Luca Prodan. Quedé cautivada por el relato de aquella escena artística de los 80s, era un momento de mucha ebullición en el medio. Me contó que después de algunos sucesos, había decidido emigrar a Berlín.

Le mostré mi trabajo y me dió una devolución muy contundente: Creés en algo… me dijo. No supe muy bien cómo reaccionar, me perturbó el comentario… Hablamos sobre lo poético y lo autobiográfico y me dijo que para él la poesía era lo más importante. Me recomendó que leyera a Macedonio Fernández, uno de sus poetas favoritos. Me regaló el catálogo donde estaban muchas de sus instalaciones y me dieron ganas de verlas en vivo.

Las cenizas de los días que fueron

flotando en el Pasado

como en el fondo del camino

el polvo de nuestras peregrinaciones.

Ojos que se abren como las mañanas

y que cerrándose dejan caer la tarde.

(1904) Macedonio Fernández

Lo acompañé hasta la boca del subte que lo llevaría de regreso a su casa en el oeste de la ciudad.

Era tarde cuando llegué al departamento y solo pensaba en lo poco que iba a dormir. Me levantaría a las 3 de la mañana, ya que tenía pedido un taxi a las 4 para salir hacia el aeropuerto de Schönefeld. Me quedaba el comentario de Osvaldo dando vueltas en mis pensamientos y sentí finalmente que hoy ya era mejor no creer en nada.

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