Regreso a Buenos Aires

24 de Febrero 2013

Casi no pude dormir. Me tiré en la cama, pero a las 2 horas me puse a ordenar todo y al rato llegó el taxi. Había pedido el día anterior que el taxista me ayudara con el equipaje ya que estaba en un 4to piso y no podría bajar todo sola.

Sonó el timbre, el hombre subió; era enorme, no era amable, más bien estaba enojado con la situación. Bajamos las valijas y emprendimos viaje. Afuera nevaba, el frío era intenso una vez más y no me sentía cómoda en el taxi. Después de algunos minutos en silencio, me preguntó si era italiana (a lo largo del recorrido me preguntaron si era italiana o francesa o griega) y entablamos una típica conversación de viaje en taxi hasta llegar al aeropuerto de Schönefeld. El taxista cambió su actitud durante el viaje y finalmente me despidió con una breve sonrisa o mueca. Mi vuelo salía a las 6 am hacia Madrid, donde tendría una espera de casi 8 horas para volar definitivamente a Buenos Aires.

Cuando llegué a Madrid el clima era muy distinto: la gente, la luz; sentía haber salido de un ‘adentro’ para llegar a un ‘afuera’. Había más ruido y enseguida mi cuerpo cambió de estado. Dejé mis cosas en en un locker del aeropuerto y emprendí viaje hacia la ciudad. Había estado en Madrid unos años antes y me había quedado pendiente visitar el Museo del Prado. Tomé esa escala como una oportunidad para ver finalmente ‘Las Meninas’ de Velázquez y ‘El jardín de las delicias’ de El Bosco, dos de las obras más inquietantes de la historia del arte. Hay algo tan intenso que sucede entre la obra y uno… Estar parada delante de ellas, no solo por el tamaño sino por ese momento mágico de acercarce para poder ver las pinceladas, o aquellas pequeñas grietas de la pintura que se hacen con el tiempo… Y luego volver a alejarse para poder ver la totalidad que nunca es tal. Me conmueve esa comunicación que sucede entre personas que habitaron en distintos tiempos y espacios…

Cuando miraba El jardín de las delicias, no pude dejar de pensar en los años que me separaban de ella y todo lo que había pasado en la historia en ese tiempo entre El Bosco y yo. Pensé en ese paraíso y en ese infierno, en aquellas figuras diminutas, esos cuerpos danzantes y sufrientes, pensé en aquella República de Weimar y en la Shoah.

Y cuando me paré frente a Las Meninas, pensé en la duda que siembra esa pintura. En aquel sentido bloqueado, y en la figura de una Velázquez que te interroga, que se ha puesto ahí para decir algo, una mirada tan inquisidora como la de Dios en el jardín del Eden de El Bosco. Y esas son las mil y un vueltas que hace la mente para tratar de comprender a veces lo incomprensible, si es que el arte se trata de eso, de esa comunión entre el azar y el desconcierto.

Me hubiera quedado todo el día allí, contemplando a aquellas dos, mezclada entre la gente que las visitaba, pero estaba hambrienta. Disfruté mucho de ese almuerzo, tan llena de Velázquez y El Bosco.

Caminé un rato por la ciudad, me sorprendí con los colores, el cielo era mucho más azul, y el sol pegaba con más intensidad, lo que hacía que el rojo fuera más rojo. Me subí al bus que me llevaba al Aeropuerto, disfruté ver desde la ventanilla esa vida urbana tan distinta a la que había visto en Alemania, era todo más parecido a casa. El vuelo de regreso no fue tranquilo, yo estaba inquieta y el avión no paró de moverse. Cuando estábamos cerca de aterrizar, me invadió una sensación de nostalgia y felicidad al mismo tiempo. Cuando bajé sentí la pesadez del clima, esa humedad típica de Buenos Aires me abombó inmediatamente. La escala en Madrid había sido un remanso. El taxista que me llevó hasta mi departamento era muy distinto al de Berlín. Era un señor bajito, que me ayudó con una gran sonrisa con todo el equipaje. Charlamos todo el viaje, era bien temprano por la mañana y mientras me miraba por el espejito retrovisor me contó que era un lector apasionado, leía a Kafka y a Dostoyevsky entre otros y estaba en un proceso de cambio interno.

Llegamos, me dejó en la puerta, me entregó las valijas y otra vez desplegó su sonrisa para decirme: Sé libre.

One Comment to “Regreso a Buenos Aires”

  1. Qué buen relato! No lo había visto! Muy bello

    Enviado desde mi iPhone

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