Archive for ‘Berlin’

noviembre 23, 2017

Primer Mail

Queridos Todos,

La llegada a Alemania fue muy buena a pesar del intenso frío. Casi que no me di cuenta al llegar al aeropuerto de Berlín y bajé con la remera sin mangas y la campera de cuero con la que venía desde Buenos Aires. La escala en Madrid no me advirtió del frío que me esperaría en Berlín.

Recién al subir al tren que me llevaría a la ciudad, entendí que había llegado. Siempre me resulta raro desembarcar en el otro lado del mundo unas pocas horas después de haber dejado Buenos Aires. El departamento, donde me quedé en Berlín, resultó muy cómodo y lindo. La dueña, Kathrin, tiene una perra llamada Pina (sí, como la gran Pina Bausch) y ha trabajado muchos años en las galerías de arte de Berlín.

Berlín como siempre hermosa y ahora fría. Fui a la Berlinale con mi amigo Pascal y  logré ver bien de cerca a Jane Fonda, Matt Damon y a Gus Van Sant: Una cholu en la alfombra roja. Vi una película Polaca W IMIE, in the name of  de la directora polaca Malgorzata Szumowska y me quedó resonando un texto que dice el personaje principal:

Every day we die and are reborn again.
We become filled with doubt.
We lose faith in things that we used to value,
and the things we loved – repel us.

En el medio de todo esto, trabajé en el proyecto que vine a hacer y logré hacer 2 entrevistas a becarias argentinas, Clara una socióloga y Julia, una artista. Presenté el trabajo a mi profesor de la KHB, la misma escuela donde había estado 5 años atrás. Me recibieron como si hubiera estado ayer. Me encantó volver, usar la biblioteca y las salas para trabajar donde tanto tiempo había pasado.

Después partí en el tren hacia Braunschweig, donde me esperarían 4 becarios más, todos ellos estudiantes de ingeniería. En Braunschweig, vi dos muestras impresionantes de artistas locales: Bogomir Ecker y Harmut Neubauer. La de Bogomir me pareció increíble, una cita a Evidence, con la incorporación de una instalación.

Los becarios se prestaron amablemente a posar y a contestar las preguntas de la entrevista que tenía preparada. Después de vagar un par de días por la ciudad, empecé a sentir síntomas de gripe. Recordé entonces que al partir de Berlín, Kathrin estaba enferma y me había saludado desde lejos deseando no haberme contagiado…

Emprendí viaje hacia Karlsruhe, una ciudad casi en la frontera con Francia, en busca de más becarios. En el tren, me empecé a sentir afiebrada y ya con las últimas fuerzas, llegué al hotel. Aunque me sentía mal, a primera vista la ciudad me gustó mucho. Caí en cama con fiebre y tuve que faltar a la cena de bienvenida que me habían preparado los becarios. Al día siguiente, me levanté mejor. Recibí las coordenadas del encuentro con los becarios y partí hacia el campus norte del KIT (Karlsruher Institut für Technologie, es el MIT alemán). El encuentro sería en medio del bosque y entrevistaría a una doctora en física y a 2 ingenieros químicos. El lugar era gigante y cargado de agentes de seguridad, pero llegué a salvo y logré pasar. Los becarios, de lo más hospitalarios, me llevaron a recorrer los laboratorios y me contaron un poco acerca de los experimentos que estaban haciendo en el campus. Pasé todo el día con ellos, y me sentí muy bien. Fuimos al carnaval de la ciudad – que justo se hacía ese día- y terminamos el día comiendo panqueques en una de las residencias.

Me dieron ganas de quedarme un poco más, pero esa mañana salía mi tren con destino a Jena -una ciudad al este de Alemania, a unas 4 horas de Karlsruhe. El paisaje desde el tren fue de los más lindos hasta el momento, un campo absolutamente blanco y rodeado de montañas. Cuando llegué a Jena, me pareció un pueblo como los de los cuentos. Mañana me espera Damián, que está haciendo su doctorado en filosofía, justo en esta ciudad donde vivieron tantos filósofos. Pasado mañana me espera Weimar, donde voy a entrevistar a un arquitecto sanjuanino. Hoy cuando llegué al Hostel, el dueño me sentó a su lado en la computadora y me mostró todo lo que debía ver en Weimar y me dijo: Weimar es una de las ciudades más culturales del mundo y también una de las más oscuras por su historia nazi. Eso sí, aquí hace más frío que en cualquiera de las otras ciudades y la calle está llena de nieve. Ahora me queda el resfrío.

Veremos que me deparan estos días,
después volveré a Berlín a cerrar el trabajo.

Un abrazo a todos,

Jimena.

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noviembre 23, 2017

Segundo Mail

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Queridos Todos,

debía la segunda parte del relato de viaje, aquí va.

El jueves posterior a mi llegada a Jena, amanecí temprano. Había quedado en encontrarme con Damián a las 10 de la mañana, me dijo que pasaría a buscarme por el hotel. Estaba ansiosa por pasear por Jena, así que me levanté temprano, ordené un poco mis cosas, desayuné y salí con la cámara una rato antes de las 10. Volví y me encontré con Damián.

Cuando llegó, Damián me contó sobre su proyecto (que estaba relacionado con Napoleón) y sobre algunas de las razones por las cuales estaba en Alemania. Hicimos las fotos en la biblioteca, fuimos a comer al comedor de la universidad la Mensa, como la llaman los alemanes, y después nos tomamos un café en un bar donde le hice la entrevista. Mientras sacaba las fotos, se me cayó la cámara y pensé que ya no funcionaría. Esto hizo que mi humor cambiase repentinamente. Damián me acompañó hasta una casa de fotografía donde podrían revisar la cámara. Después de hablar un buen rato con el señor de la casa de fotografía y descubrir que la cámara estaba bien, me volvió el alma al cuerpo. Cuando me despedí de Damián, me recomendó que fuera a Lobeda. Esto quedaba en las afueras de la ciudad y allí se encontraban los edificios de la DDR, como llaman los alemanes a la ex Alemania comunista. Cámara en mano, emprendí viaje hacia allí.

Desde el tranvía, el paisaje se iba transformando: de casas bajas y parques, a construcciones gigantes. Cuando bajé me sentí perdida, el frió y el espacio tan amplio me abrumaron. Di unas vueltas, saqué algunas fotos como pude y, a la falta de un café a la vista, sentí que el lugar me expulsaba. Decidí volverme.

Al día siguiente, me tomé el tren hacia Weimar donde me esperaba Carlos, un arquitecto sanjuanino. En la estación de Jena Oeste, me encontré con una placa en conmemoración a los judíos que habían sido llevados desde esa estación al campo de concentración. Me quedé pensando hasta que llegó el tren, intentando nuevamente comprender aquel horror. Cuando llegué a Weimar, tomé el bus que me llevaba a Buchenwald, uno de los campos de concentración donde habían muerto muchas personas durante el nazismo. Dudé antes de subir, y me pregunté si era necesario ir a ese lugar… Subí al bus y llegué a una de las ruinas del gran surco de la humanidad.

El viaje fue por el bosque nevado, pude ver rápidamente el monumento gigante de los rusos a sus caídos en el campo. La sensación en el lugar fue extraña, el cuerpo tenso y la mirada en el horizonte. El lugar era muy grande, había que caminar mucho para llegar de un lugar a otro. Pasé por algunas estaciones del horror y ya no quise seguir. Aunque salió el sol, mi cuerpo seguía entumecido, entonces decidí volver… Cuando llegué a la ciudad, me pareció bellísima. Me zambullí en el museo de la Bauhaus y encontré ese mundo tan increíble que se había dado en esa Alemania de entreguerras. En aquella ciudad habitaban el espanto de la muerte y la atrocidad  junto a la expresión y la creación humana… Me quedé mirando la foto que estaba en la entrada del museo, donde estaban todos los estudiantes en una fiesta e imaginé ese momento y a esas personas llenas de vida.

Me encontré con Carlos frente al monumento de Goethe y Schiller. Lo vi hablando con unas señoras y enseguida me di cuenta que era él. Nos presentamos y fuimos a pasear por algunos puntos importantes de Weimar, como la casa de verano y el parque de Goethe, la biblioteca Amalia y el emblemático edificio de la Bauhaus. Durante el paseo, Carlos me contó acerca de su proyecto de urbanismo. Cuando volvíamos, ya estaba empezando a nevar. Nos despedimos en la parada del bus y me tomé el tren de regreso a Jena.

Al día siguiente saldría para Rostock, una ciudad pegada al mar del este; tendría unas 6 horas de viaje en tren por delante. El viaje a Rostock fue incómodo, ya que tuve que cambiar 3 veces de tren, y al pasar por Berlín, me dieron ganas de quedarme. En Rostock me esperaba Clara, la socióloga que había entrevistado en Berlín: ahora iría a vistarla a su lugar de trabajo. La estadía con Clara fue intensa ya que sólo estuve un día y medio en Rostock. Apenas me alcanzó el tiempo para sacar el retrato, hacer la entrevista y conocer la ciudad. Llegamos hasta Warnemünde, un balneario estilo Mar del Plata. El clima allí era muy lindo: gente paseando, comiendo pescado y tomando Gluhwein, el típico vino caliente y especiado, antídoto contra el frío.

El domingo a las 6 de la tarde, partimos juntas de regreso a Berlín. El viaje duró 3 horas y ¡no paramos de hablar! Cuando llegamos a Berlín, nos separamos en la estación de tren. La idea era volver a encontrarnos para cenar antes de mi partida. Esta vez, invitaríamos también a Julia que tenía interés de conocer a Clara.

¡Esa última semana en Berlín fue una locura! En ese corto plazo, tendría que terminar de revelar el material, entrevistarme con profesor K. por última vez, visitar a mi Oma (mi abuela alemana que vive allá) y todavía me quedaban 2 becarios por entrevistar. Pude hacer todo, menos encontrarme nuevamente con Clara y Julia. A la emoción de estar llegando al final del viaje, se le sumó la tristeza de ver a una Oma con el lenguaje perdido. La visité en el hogar de ancianos donde vive. Supe entonces que después de la última operación de caderas, había quedado sin posibilidad de hablar; solo balbuceaba.

La noche anterior a partir, me encontré con Osvaldo, un artista argentino radicado en Berlín que vivió el período de los ’80 en Buenos Aires con Ballesteros, Macchi, Suárez y hasta el famoso Luca Prodan. Le mostré mi trabajo y me dio una devolución muy contundente. Además, me regaló su catálogo donde estaban muchas de sus instalaciones. Las horas pasaron rápido y finalmente llegó el momento de la partida. Esa noche casi no pude dormir, tenía mucho equipaje y debía levantarme a las 4 de la mañana para tomar el vuelo hacia Madrid donde haría la combinación con el vuelo hacia Buenos Aires. Me llevó hasta el aeropuerto un taxista alemán que no estaba de buen humor. Afuera nevaba.

Cuando llegué a Madrid, el clima era muy distinto, la gente también. Como tenía 8 horas de espera, me fui directo al Prado a ver a Velázquez y a El Bosco. Almorcé y volví al aeropuerto. El vuelo fue bastante movidito, y cuando aterricé en Ezeiza, sentí una emoción extraña. Estaba contenta por todo lo vivido y agradecida por volver a casa.

El viaje en taxi hasta casa fue muy distinto al de Berlín. El taxista era un lector apasionado; me ayudó con las valijas con una sonrisa y me contó de su proceso de cambio interno. Me contó también que leía a Kafka y a Dostoyevsky entre otros. Me dejó en la puerta de mi casa, me entregó las valijas y me dijo: Sé libre.

Acá estoy de vuelta,
Abrazo a todos,
Jimena.

 

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noviembre 22, 2017

Regreso a Buenos Aires

24 de Febrero 2013

Casi no pude dormir. Me tiré en la cama, pero a las 2 horas me puse a ordenar todo y al rato llegó el taxi. Había pedido el día anterior que el taxista me ayudara con el equipaje ya que estaba en un 4to piso y no podría bajar todo sola.

Sonó el timbre, el hombre subió; era enorme, no era amable, más bien estaba enojado con la situación. Bajamos las valijas y emprendimos viaje. Afuera nevaba, el frío era intenso una vez más y no me sentía cómoda en el taxi. Después de algunos minutos en silencio, me preguntó si era italiana (a lo largo del recorrido me preguntaron si era italiana o francesa o griega) y entablamos una típica conversación de viaje en taxi hasta llegar al aeropuerto de Schönefeld. El taxista cambió su actitud durante el viaje y finalmente me despidió con una breve sonrisa o mueca. Mi vuelo salía a las 6 am hacia Madrid, donde tendría una espera de casi 8 horas para volar definitivamente a Buenos Aires.

Cuando llegué a Madrid el clima era muy distinto: la gente, la luz; sentía haber salido de un ‘adentro’ para llegar a un ‘afuera’. Había más ruido y enseguida mi cuerpo cambió de estado. Dejé mis cosas en en un locker del aeropuerto y emprendí viaje hacia la ciudad. Había estado en Madrid unos años antes y me había quedado pendiente visitar el Museo del Prado. Tomé esa escala como una oportunidad para ver finalmente ‘Las Meninas’ de Velázquez y ‘El jardín de las delicias’ de El Bosco, dos de las obras más inquietantes de la historia del arte. Hay algo tan intenso que sucede entre la obra y uno… Estar parada delante de ellas, no solo por el tamaño sino por ese momento mágico de acercarce para poder ver las pinceladas, o aquellas pequeñas grietas de la pintura que se hacen con el tiempo… Y luego volver a alejarse para poder ver la totalidad que nunca es tal. Me conmueve esa comunicación que sucede entre personas que habitaron en distintos tiempos y espacios…

Cuando miraba El jardín de las delicias, no pude dejar de pensar en los años que me separaban de ella y todo lo que había pasado en la historia en ese tiempo entre El Bosco y yo. Pensé en ese paraíso y en ese infierno, en aquellas figuras diminutas, esos cuerpos danzantes y sufrientes, pensé en aquella República de Weimar y en la Shoah.

Y cuando me paré frente a Las Meninas, pensé en la duda que siembra esa pintura. En aquel sentido bloqueado, y en la figura de una Velázquez que te interroga, que se ha puesto ahí para decir algo, una mirada tan inquisidora como la de Dios en el jardín del Eden de El Bosco. Y esas son las mil y un vueltas que hace la mente para tratar de comprender a veces lo incomprensible, si es que el arte se trata de eso, de esa comunión entre el azar y el desconcierto.

Me hubiera quedado todo el día allí, contemplando a aquellas dos, mezclada entre la gente que las visitaba, pero estaba hambrienta. Disfruté mucho de ese almuerzo, tan llena de Velázquez y El Bosco.

Caminé un rato por la ciudad, me sorprendí con los colores, el cielo era mucho más azul, y el sol pegaba con más intensidad, lo que hacía que el rojo fuera más rojo. Me subí al bus que me llevaba al Aeropuerto, disfruté ver desde la ventanilla esa vida urbana tan distinta a la que había visto en Alemania, era todo más parecido a casa. El vuelo de regreso no fue tranquilo, yo estaba inquieta y el avión no paró de moverse. Cuando estábamos cerca de aterrizar, me invadió una sensación de nostalgia y felicidad al mismo tiempo. Cuando bajé sentí la pesadez del clima, esa humedad típica de Buenos Aires me abombó inmediatamente. La escala en Madrid había sido un remanso. El taxista que me llevó hasta mi departamento era muy distinto al de Berlín. Era un señor bajito, que me ayudó con una gran sonrisa con todo el equipaje. Charlamos todo el viaje, era bien temprano por la mañana y mientras me miraba por el espejito retrovisor me contó que era un lector apasionado, leía a Kafka y a Dostoyevsky entre otros y estaba en un proceso de cambio interno.

Llegamos, me dejó en la puerta, me entregó las valijas y otra vez desplegó su sonrisa para decirme: Sé libre.

noviembre 17, 2017

Últimos días en Alemania

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23 de Febrero 2013

Los últimos días en Berlín fueron intensos. Tenía todo el material para revelar, así que me tomé el Tram al Foto-labor de la Pappelalle que me había recomendado Pascal. Estaba ansiosa por ver lo que había fotografiado; con la película uno siente que trabaja a ciegas, hay algo que sucede adentro de la cámara que es todo un misterio y ya quería saber qué había sucedido. Tenía cita con el Professor en un par de días para mostrarle el progreso del proyecto antes de irme.

Con el material listo y revisado, fui a encontrarme con el Professor K. en la escuela. Cuando hablamos por teléfono, me dijo que estaba con unas entregas finales y que tendría que esperarlo un rato. Llegué con el M2 hasta la parada final y caminé hacia la KHB. Me compré un café en el bar y me senté en una de las mesas que miran el gran patio verde de la escuela, ahora todo nevado. Recordé el tiempo que pasé en la escuela; me gustaba estar entre los estudiantes, esa quietud y ese murmullo en alemán, tenía ganas de volver el tiempo atrás…

Sonó el celular. Era el Professor que me decía que ya estaba en su oficina y que me esperaba allí. Caminé por los pasillos hasta llegar a la oficina. Sentía la tensión de hablar en alemán -siempre pongo mucho esfuerzo en tratar de poner bien los artículos y no olvidarme de los verbos al final, aunque casi siempre fallo.

La charla con K fue de lo más fluída. Le mostré el trabajo anterior, las fotos que había sacado en este viaje y me hizo varias preguntas. En un momento me miró a los ojos y me dijo que entendía lo que era para nosotros los fotógrafos viajar con todo ese equipaje a cuestas: cámaras, trípode, película, laptop… Le comenté que había lidiado con la luz todo el viaje. Miró hacia afuera con resignación; afuera nevaba y me dijo: ‘Claro, aquí el clima es difícil’…Für mich ist aber sehr schön’, le dije y se volvió hacia mí con un gesto apático… Interpreté que el Professor odiaba el frío; en cambio a mi me parecía hermoso. Le agradecí. Me gustó mucho ese momento; fue un alto en el viaje, una reflexión sobre lo que había trabajado.

Al día siguiente amanecí temprano, me quedaba sólo ese día para terminar de ordenar mis cosas. A la noche había quedado en encontrarme con Osvaldo, un artista argentino que vive en Berlín desde los ´80.

Salí a desayunar. Como no tenía apuro esta vez, cambié de bar. Me fuí al de la esquina de la Zionskirche y la Choriner Straße. Me encantaba ese bar, tenía algo moderno pero también quedado en el tiempo berlinés. Me tomé un café con mi predilecta: la schokocroissant. Sólo me senté ahí, no quería hacer más nada; sólo estar sentada en ese bar, mirando por la ventana. Tomé el cuaderno e hice un pequeño dibujo de lo que veía. De pronto el camarero me preguntó de dónde era. Resultó que él era mexicano y terminamos hablando un rato en español.

El día transcurrió tranquilo hasta que por la noche nos encontramos con Osvaldo en un restaurante chino cerca de Hackescher Markt. Sentí esa familiaridad que había experimentado cada vez que me encontraba con un argentino. Cuando llegamos, me corrió la silla para que me sentara y me dijo que le gustaba hacer eso, ya que en Alemania las mujeres no se lo permitían porque sentían que era un gesto machista. Me contó sobre el mundillo del arte en los 80s en Buenos Aires. Había sido parte del grupo conformado por Ballesteros, Macchi, Suárez y había pasado tiempo con el famoso Luca Prodan. Quedé cautivada por el relato de aquella escena artística de los 80s, era un momento de mucha ebullición en el medio. Me contó que después de algunos sucesos, había decidido emigrar a Berlín.

Le mostré mi trabajo y me dió una devolución muy contundente: Creés en algo… me dijo. No supe muy bien cómo reaccionar, me perturbó el comentario… Hablamos sobre lo poético y lo autobiográfico y me dijo que para él la poesía era lo más importante. Me recomendó que leyera a Macedonio Fernández, uno de sus poetas favoritos. Me regaló el catálogo donde estaban muchas de sus instalaciones y me dieron ganas de verlas en vivo.

Las cenizas de los días que fueron

flotando en el Pasado

como en el fondo del camino

el polvo de nuestras peregrinaciones.

Ojos que se abren como las mañanas

y que cerrándose dejan caer la tarde.

(1904) Macedonio Fernández

Lo acompañé hasta la boca del subte que lo llevaría de regreso a su casa en el oeste de la ciudad.

Era tarde cuando llegué al departamento y solo pensaba en lo poco que iba a dormir. Me levantaría a las 3 de la mañana, ya que tenía pedido un taxi a las 4 para salir hacia el aeropuerto de Schönefeld. Me quedaba el comentario de Osvaldo dando vueltas en mis pensamientos y sentí finalmente que hoy ya era mejor no creer en nada.

noviembre 16, 2017

Con Lucía y Ale en Berlín

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¿Qué viniste a buscar a Alemania y qué es importante para vos de este viaje?

Ale: Varias cosas, creo que principalmente un desarrollo académico-profesional. Vine a buscar vivir en una sociedad diferente a la mía, yo soy Argentino, pero estuve un tiempo viviendo en Estados Unidos. Buscaba otro tipo de vida, cómo me podía encontrar es una sociedad que es diferente a las otras dos. También en el primer viaje a Alemania, fue donde empezamos la convivencia con Lucía. Todo esto mejoró mi impresión sobre mi mismo y sobre los demás.

Lucía: Vine a buscar un cambio de perspectiva, vivir en otro lugar haciendo lo que me gusta. Vivir lo cotidiano en otro lugar. Siempre pensé que podía aprender de una experiencia así, estar fuera, sin amigos, familia, sin los símbolos que entiendo y las estructuras que conozco. Sentía que esto me ayudaría a cambiar cuestiones de mi vida personal y profesional. Vivir en otro contexto y adaptarme.

¿Cómo se ve Argentina desde Alemania?

Ale: Se ve de distintas maneras. A veces tenés la impresión de que se ve que Argentina está mal…pero es un punto de vista al estar afuera. Muchas veces leo los diarios de Argentina y siento todo allá es más complicado, pero creo que es por la distancia, al no estar metido en la sociedad la lectura de los hechos cambia. De todas formas también creo que cuando estás viviendo afuera la percepción es que no es todo tan malo como sentís cuando estás allá. El hecho de vivir en otro país te permite ver esos problemas de otra forma, te das cuenta que esos problemas al final no son tan graves en sí. Que esos problemas tienen solución, no será fácil, pero la hay.

Lucía: Creo que desde acá Argentina se ve bien, se ve mejor que estando allá. Me fue posible detectar cuales son los problemas que creo tenemos que resolver para estar mejor. Desde mi perspectiva veo que son problemas de relaciones sociales, y creo que es muy posible cambiarlos, porque no son esenciales, no hacen a nuestra naturaleza y se pueden resolver modificando conductas. Creo que estando inmerso todo está mal, pero desde afuera se puede distinguir y son cosas resolubles.

¿Notás algún cambio significativo, en relación a tu vida, a tu carrera o a tu personalidad?

Ale: Creo que haber vivido tanto tiempo afuera de Argentina, me hizo ser mucho más abierto a diferentes actitudes, reacciones, o formas de entender las mismas cosas. Es algo muy de porteño decir: Las cosas son así. Y viviendo en otros lugares, te das cuenta que las cosas no son siempre como uno cree, y entendí que las cosas se pueden hacer de otra forma, a veces mejor, a veces peor, pero no hay un camino para seguir “ideal” o ” el que hay que seguir”. Haber vivido en diferentes sociedades me dio la posibilidad de ver que hay otras perspectivas y distintas formas de abordar el mismo problema. Me abrió la cabeza pensar en esto, en los diferentes caminos para resolver, para poder entender a la gente, para poder relacionarme con el otro.

Lucía: En lo personal sí, porque estar acá fue una suerte de independencia y de fortaleza. También estar con mi pareja, habernos casado, empezar una convivencia, fortalecer la relación es muy importante. Y a nivel profesional también, yo me fui apenas comencé el doctorado, y cuando llegué el trabajo tomó otra dimensión, le dí más importancia, me lo tomé más en serio.

¿Hay algo que te haya marcado hasta el momento?, ¿Algo que consideres un hito dentro de la estadía?

Ale: Sigo con las diferentes culturas…por mi trabajo estuve en Kirguistán. Kirguistán es un país con una cultura totalmente diferente a todas las que conocí. Gente tan diferente…no son occidentales, eso ya es totalmente contrario a nuestra cultura, son musulmanes, tuvieron un régimen soviético impuesto y tienen otra formación cultural de base. En general cuando voy al campo, lo que hago es subir montañas y sacar muestras. Una vez allá en Kirguistán, había solamente 2 caballos disponibles, entonces fui yo con un kirguís. Teníamos que pasar el día, subir la montaña y bajar. Yo no hablo ni kirguís, ni ruso…la comunicación estaba complicada. Estuvimos todo el día juntos sin hablar, y cuando estábamos volviendo el tipo se paso todo el regreso cantando, silbando una melodía kirguís. Y de pronto no se como interpreté que me pedía que le cantara algo de Argentina. Y eso es muy parecido a lo que pasa en el campo en Argentina, la gente cuando va a caballo, canta, silba, ese es el folclore. En ese momento se me presentó algo muy humano…gente que está en Kirguistán, en un país muy lejos del nuestro con otra base cultural, pero al final hay un punto de conexión con la música que es el mismo, en una montaña en Kirguistán o en un campo Argentino.
Ale

Lucía: La sorpresa de estar en las bibliotecas de las universidades. El estar en ese ambiente tan predispuesto hacia los estudiantes…tan organizado, cómodo, con tanta bibliografía. Otra cosa que me marcó fue el primer invierno, fue muy distinto a vivir el de Buenos Aires.

¿Cómo te imaginás tu futuro? Expectativas, sueños, miedos, esperanzas.

Ale: Me imagino bien en principio. Me lo imagino en Argentina. Lo que hace esta experiencia es mejorar mi futuro. Sea cual sea, me parece que va a ser mejor del que hubiese sido si me hubiese quedado en Argentina. Estoy seguro de eso.

Lucía: El futuro me lo imagino en Argentina. Mi intensión es seguir en la investigación, poder conectarme mucho con el afuera, el haber estado acá ya me abrió la cabeza hacia el intercambio. Lo más importante de estar acá es la reunión con gente de todos lados del mundo y eso en Argentina no es tan común. Se tratan los mismos temas pero desde distintos puntos de vista.

Lucia

¿Te quedarías en Alemania definitivamente? ¿Cómo plan de vida?

Ale: No. No sería el lugar donde yo me quedaría a vivir para siempre. Creo que mi cultura es tan fuerte, que me sería muy difícil desprenderme totalmente de eso. Si realmente querés plantear una vida en Alemania, tenés que dejar de lado un montón de cosas que no estaría dispuesto a resignar.

Lucía: Me gustaría mucho ir y venir. Me gusta Alemania, me siento muy bien acá, y me gustaría seguir viniendo. Establecerme para siempre, no, para eso pienso en la Argentina.

noviembre 15, 2017

Volver a Berlín

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18 de Febrero 2013

Volví a Berlín en el Regio que tomamos con Clara en Rostock. Nos despedimos en el S-bahn, yo bajaba en Hackescher Markt y Clara seguía. Parada ya para bajarme, quedamos en volver a vernos y cenar con Julia antes de mi partida, que sería en 4 días. Nos dimos un abrazo, escuché el sonido de las puertas que se abrían y bajé.

Llegué al departamento de Kathrin, y me desplomé. Tirada en la cama, miré al techo y todavía tenía la sensación del movimiento del tren en el cuerpo. Pensé en el recorrido, en la gente que había conocido y en lo que me quedaba por hacer esos últimos días en Berlín.

Al día siguiente me levanté y salí a desayunar al Bäckerei shop sobre la Kastanienalle. Era mi lugar favorito de la mañana, justo frente a la parada del Tram. Entraba y salía gente a comprar café, y me gustaba trabajar un rato ahí con los turcos hablando, me envolvía ese murmullo de una lengua inentendible para mí.

Empecé a planificar mis últimos días allí. Ese día me esperaban Ale y Lucía, una pareja de becarios que vivían en Charlottenbug. Miré el mapa y vi que tenía que hacer varias combinaciones para llegar desde Mitte, así que me apuré un poco, agarré el café y me subí al Tram que venía. Hice varias combinaciones hasta llegar a la estación de subte de la Sophie-Charlotte Platz y caminé hacia el departamento de la pareja. Al llegar charlamos un rato. Lucía estaba haciendo su doctorado en filosofía. Su base era Bremen, pero iba y venía, ya que habían decidido instalarse en Berlín. Alejandro, geólogo, había estado viajando por el mundo hasta que coincidieron para quedarse un tiempo en Alemania. El departamento era tranquilo; me ofrecieron té mientras saqué los retratos y les hice las preguntas.

Cómo estaba en el oeste de la ciudad, ya había visto previamente en el mapa que estaba cerca del hogar donde estaba mi Oma. Ella estaba allí hacía unos 3 años. Había decidido volver a Alemania en la vejez, después de haber vivido su vida en Argentina -donde había llegado a los 10 años con sus padres, escapando del nazismo. Tenía anotada la dirección en el cuaderno: ‘Teplitzes str. 10, hablar con Frau Schrott’.

Cuando llegué al Altenheim, me encontré con una casa antigua y muy bien cuidada rodeada de un paisaje muy lindo. Vi a mi Oma, y me entristecí al segundo. Ella no podía hablar, había perdido el lenguaje. Antes, ella había hablado alemán, castellano e inglés. Ahora no podía hablar ninguno de ellos… Balbuceaba, mientras se le caían las lágrimas. Yo solo la calmaba mientras me aguantaba la bronca de verla así. Nos sentamos en una galería, afuera nevaba intensamente.

Le conté lo que estaba haciendo, que tenía mis cámaras conmigo y que había viajado por Alemania. Le hablé un poco en alemán, le relaté algunas anécdotas de la infancia, de como extrañaba sus comidas… Hasta que en un momento se tranquilizó. Después de un rato me despedí de ella con un abrazo, le agradecí todo y me fui.

Me senté en el bus sin despegar la cabeza de la ventana, dejé que me llevara a destino. Solo miraba el paisaje y la tormenta de nieve que sucedía afuera. Sabía que ya no vería más a la Oma. Sentía una profunda tristeza, ella había sido una gran inspiración para mí. De ahí en más, la extrañaría siempre.

agosto 5, 2014

Julia

Julia

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¿Qué viniste a buscar a Alemania y que es importante para vos de este viaje?

Muchas cosas, había venido en el 2006 a Alemania por primera vez sola. No hablaba inglés, estuve 3 días sin conocer a nadie y era pleno invierno, febrero… y soy muy friolenta. No llegué ni siquiera a la parte interesante de Berlín, fui a muchos museos, pero no estuve en Kreuzberg, que es ahora mi barrio. Me acuerdo que había algo en la ciudad, que hizo que fuera la que más me atrajo. Por el uso del espacio en los museos… y por una energía oculta, que creo que también está en Buenos Aires.  Algo pasa, pero no está tan abierto, la gente hace cosas, pero no es tan obvio qué y dónde. Por un lado me trajo el amor y por otro lado mi trabajo. Berlín es la ciudad más occidental que tuvo una experiencia socialista, la parte cercana para palpar lo que quedó de esa experiencia. Vine tras los pasos de mi abuelo que había estado en estas ciudades. A través de su misma cámara, pude verlas un poco como él las había visto, mirar por el mismo lente lo que él vio, y a través de él ver los cambios, los árboles más altos o los edificio que ya no estaban.
La postal de Julia. Marzo 2013.

Otra cosa que generó el estar acá, es mirar las cosas distinto, tener que volver a redefinir un montón de ideas. Cuando hablás de trabajador en Argentina, por ejemplo, creo que todos sabemos lo que es un trabajador… somos todos trabajadores. Pero acá esa idea es distinta: un trabajador es el tipo que te arregla el baño y un artista no es un trabajador, no es un Arbeiter. Volver a definir eso, hablar mil veces de qué es el peronismo o explicar qué pasa con las Islas Malvinas. Hay un montón de ideas que en tu país están dadas por sentado, no hay que explicarlas, todos tenemos más o menos el mismo imaginario colectivo, y acá se te desarma completamente, tenés que repensar… cosas en las que nunca habías pensado, porque no lo habías necesitado.

Cómo se ve Argentina desde Alemania

Se ve muy linda… y se extraña. Se ve con mucho más movimiento. Berlín tiene mucho movimiento y  mucha energía, pero hay algo que siempre falta en Berlín… es cultural, es la distancia que hay entre la gente.
Se ve lejos también.

Archivo

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¿Notás algún cambio significativo, en relación a tu vida, a tu carrera o tu personalidad?

Sí, todo cambia mucho. La manera de trabajar cambia, estar en Europa significó tener mucho más tiempo para trabajar y eso hace que la práctica cambie. Por otro lado sos más impune, por ejemplo al hablar de la historia alemana, porque no es la tuya y eso lo disfruto bastante. También me pasa que el proyecto relacionado con mi familia, me es más difícil desarrollarlo en Argentina que acá. En Argentina es mucho más complicado elegir el qué decir y cómo decirlo. La distancia con mi familia e historia allá no existe, acá al mirar con ojos muy ajenos, a veces se tiene más libertad.
Cuando vivo en Alemania, Julia baja… empezás a hablar más bajo, no abrazas tan fuerte a todo el mundo, y tomás más distancia, no saludás a todo el mundo con un beso. Bajo la energía, sale naturalmente porque son las reglas del juego, y sí, hay que bajar un cambio.
Todo el tiempo la gente está cuidando el espacio del otro y eso es molesto a veces. Extraño en el colectivo o en el subte, que a veces uno se mira a los ojos con la gente. Ayer estaba en el colectivo, había un hombre enfrente mío que claramente era inmigrante y viajaba con sus dos hijas. Una de las nenas quería estar con su papá, no quería sentarse sola, era muy linda la situación… y le di un caramelo. Creo que eso acá no pasa tanto, es un gesto raro. Es la mirada y no tener miedo de encontrarse con el otro en la calle. Nosotros nos encontramos demasiado, porque nos peleamos, nos insultamos con desconocidos, pero eso me gusta también, y se extraña.
También hace unos días estaba yendo en el colectivo y había una pareja de 70 u 80 años. Me miré con el hombre a los ojos y el tipo me dijo: Entschuldigung

Yo siempre tuve el problema del saludo, de no saber cómo saludar, porque aparentemente existen distintos saludos para distintas situaciones, y nunca se muy bien cómo hacerlo.

Claro, te pasa con amigos, que quizá un día lo abrazas y al otro día nada, te saluda con un tschüsss y se van.
No es mala onda, es así, y uno, como argentino, se queda pensando, cómo ¿y el beso?

 ¿Hay algo que te haya marcado hasta el momento?, ¿Algo que consideres un hito dentro de la estadía?

Depende desde que punto de vista, si es desde el trabajo o desde lo personal… Uno de los proyectos que trabajé tiene que ver con un Museo que cerró en 1991, después de la Reunificación. La que fue su directora continúa viviendo en Leipzig y busqué incansablemente conocerla.  En el 2008 cuando intenté contactarla, ella le respondió a nuestra intermediaria del Museo de Historia: ¿Si no saben en Argentina que el muro se cayó en el 89′? Después de un tiempo volví a intentar contactarla por diferentes medios, hasta que ella me envió una carta sin remitente, donde dice que no está lista para hablar de esa historia, que es muy crítica con muchas de las cosas que pasaron durante la DDR, pero que también tiene muy buenos recuerdos. Me aclara que no quiere ser parte de ninguna interpretación, de ningún trabajo artístico que tenga que ver con ese período… y termina firmando algo como: con esperanza en la vida. Esta mujer cuando cae el muro estaba en la plenitud de su carrera, tendría cincuenta y pico de años. No estaba en el Stasi… era la directora de un museo. Para mi familia el comunismo siempre fue el ideal, la  panacea… claramente no lo era.  Pero pienso en lo drástico que fue el cambio a otro sistema, en qué pasó con toda la gente que vivió ese proceso.

Contratapa del Diario que contiene parte del proyecto de Julia

¿Cómo te imaginás tu futuro? Expectativas, sueños, miedos, esperanzas.

Utopía: tener un departamento grande, con taller en Buenos Aires y otro en Berlín. Poder ir y venir cómodamente y trabajar tranquila. Y real: hay miedos porque el nomadismo es cansador, y como somos dos, siempre uno va a perder.

¿Te quedarías en Alemania definitivamente? ¿Cómo plan de vida?

En Berlín no. No quiero quedarme. Quiero vivir también en Buenos Aires… me gusta trabajar acá, pero no me puedo imaginar el resto de mi vida en Alemania para nada. Soy Argentina y me gusta el país y quiero trabajar en él, para poder hablar de mi contexto, y no solo del alemán. Mi trabajo tiene mucho que ver con el contexto en el que estoy, con la política, la historia, y es un intento de crear espacios para pensar el presente. Y me hago muchas preguntas: estoy acá en Alemania y me meto con la historia de los alemanes, pero ¿qué es lo que me mueve más? y ¿dónde están mis necesidades importantes de decir, de conocer? Por eso sí quiero seguir trabajando en Argentina.

agosto 5, 2014

Con Julia en Berlín

Kreuzberg

 

7 de febrero de 2013

El día empezó en Postdamer Platz. Ese lugar extraño de la ciudad, en donde siempre me siento rara .Cuando me paré delante de aquel semáforo viejo de los años ’30, que aún hoy sigue en pie, se me presentan imágenes del ‘Alt-Berliner Photoalbum’, un libro que amo, lleno de fotos viejas de la ciudad. En aquellas imágenes se podía comprender que era un punto neurálgico de la ciudad: Gente, tranvías, autos, bicicletas, negocios, marquesinas.

Parada allí, podía ver que del otro lado de la calle, justo en la salida de la estación de tren, había un un pedazo de muro y la línea de adoquines que indicaba por donde había pasado aquel infame paredón de cemento. Berlin Postdamer Platz: no-man’s-land. A partir de la división de Berlín en agosto del ’61, Postdamer Platz fue un centro muerto: los edificios habían sido demolidos y lo que había sido una agitada intersección, ahora estaba desolada. Atravesada por alambres de púas y garitas de seguridad, guardaba una estación de tren clausurada, el corolario de la partición de la ciudad.…

Emprendí viaje hacia el Martin Gropius Bau donde había un evento de la Berlinale y la muestra de la fotoperiodista Margaret Bourke-White. Me impresionó su condición de mujer norteamericana, fotógrafa en la segunda guerra mundial; una mujer fotografiando el horror… Las fotos de los suicidios nazis me dejaron varios minutos estupefacta parada delante de ellas… eran imágenes tan brutales, tan invadidas de silencio… Por un momento se me pasó por la cabeza que no podían ser ciertas, parecían stills de películas, o bien podían ser una obra de Cindy Sherman, aquella artista que se retrata a sí misma, posando delante de la cámara y fabricando escenas y personajes.

Seguí adelante y me encontré con la foto de Stalin. Era una foto tan humana y tan extraña a la vez que… parecía inverosímil o fuera de contexto… La foto venía acompañada de una anécdota: al parecer Bourke-White tenía la intención de sacarle una foto a Stalin, pero el tipo era una piedra. Entonces ella se agachó y se le cayeron unas pastillas (el texto estaba en alemán y no recuerdo bien los detalles) entonces Stalin empezó a reírse de la chica americana de rodillas. La sonrisa duró un momento y ahí disparó; inmediatamente después, el tipo volvió a ser una piedra.

Salí y me tomé el bus hacia lo de Julia, una artista argentina que hoy vive en Kreuzberg. Pensé que llegaría rápido, pero di varias vuelta hasta que me perdí y terminé frente al Kunsthaus Bethanien -ese edificio imponente que supo ser un hospital y que hoy es un centro cultural con residencias artísticas.
Julia me esperaba hambrienta, ya que llegué cerca de las 15 hs, disculpándome por llegar tan tarde. Su casa fue un remanso, había calor de hogar y me esperaba un plato de fideos con crema y champiñones. El vidrio de la cocina estaba empañado, afuera hacía muchísimo frío. Sentí como si hubiese llegado a la casa de una amiga, después de un largo día.

Julia fue un tanto más pausada que Clara, empezó a contarme por retazos como era que había llegado a Alemania. Me contó de Leipzig, de Berlín y de su amor por Buenos Aires. Si bien el relato acerca de sus pasos por Alemania no me quedó tan claro, comprendí la razón detrás de su trabajo. Su abuelo Rafael, un trabajador y militante del partido comunista, había hecho un viaje a la RDA en los años ’70. Parte del trabajo de Julia, tomaba como punto de partida la experiencia de su abuelo y su mirada sobre el comunismo.

Ya no había luz cuando pasamos de la cocina a su lugar de trabajo. Su taller y el de su novio eran tan acogedores como esa cocina en la que habíamos estado minutos antes. La calefacción a carbón ocupaba un lugar importante en la habitación. La presencia del Kohle nos llevó a hablar de la guerra. En Berlín todo está cambiando, pero la presencia del carbón siempre me hace pensar en el pasado. En medio de la charla, Julia me contó que había encontrado un papel o ticket de los años ’40 en un ropero. ‘¿Qué habrán visto estas paredes?’ dijo, mientras tomábamos té de forma continuada.

La entrevista salió muy bien, aunque al principio me confesó que se sentía extraña, ya que nunca había estado del otro lado. Para mi también era extraño, era la primera vez que hacía ese trabajo. De pronto me di cuenta de que era noche cerrada. La temperatura había bajado aún más y ya no teníamos el calor del té. Le dije que volvería cuando hubiera más luz. A pesar de que ya era de noche, me encontré con que en Xberg aún había mucho movimiento. Había sido un largo día y estaba contenta de volver a casa.

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abril 20, 2013

Clara: segunda parte

Clara

¿Cómo se ve Argentina desde Alemania?

¡Son todas preguntas difíciles!…yo haría más bien la pregunta así: ¿Cómo se ve Latinoamérica desde Alemania? creo que a muchos nos pasó de descubrir Argentina en Latinoamérica desde Alemania, es decir, darse cuenta del lugar donde estamos. Qué es Argentina para el resto del mundo y ubicarla dentro de Latinoamérica, cosa que cuesta porque Argentina tiene ese mito pseudoeuropeo un poco ridículo. Yo descubrí Argentina en el Instituto-Iberoamericano, y descubrí la mirada que tienen los alemanes o los europeos sobre Argentina que es bien diferente a la que tienen los argentinos mismos.

Creo que el shock más grande es ver un país que funciona de otra manera, con otras lógicas políticas. Acá te pasa eso de sentirte muy tranquilo, ver que todo funciona, pero después vienen otras preguntas: ¿Cómo se llegó a esto?, ¿Qué tuvo que pasar un país para llegar a esto? ¿A costa de qué se vive así en Alemania?. Uno ve como es el sistema escolar, la clasificación de las personas y pienso, sí, todo funciona bien, pero ¿cómo vive la gente? ¿cómo vive sus sueños?. Entonces después de analizar esas preguntas uno ve una Argentina de más libertad, para mi, a nivel persona. Si tenés algunas herramientas creo que Argentina te da la posibilidad de una mayor libertad, el hecho de poder anotarte en una carrera universitaria cuando quieras, yo puedo volver a la Argentina y estudiar física si quiero. Vivir en Alemania me hizo ver muchas cosas positivas de la Argentina, obviamente que hay que mejorar muchísimo pero, sí, una mayor libertad, y creo que eso hay que defenderlo con todo.

La universidad pública y gratuita es una gran cosa. En Alemania también la universidad es gratuita, pero como dije hay un sistema de selección que hace que no todas las personas puedan llegar a estudiar, a pesar de que económicamente podrían costear una carrera, y eso a veces te lo dicen a los 11 años. Es decir que la gente que viene, los inmigrantes o hijos de inmigrantes no llegan. Argentina expulsa y margina a muchísimas personas pero creo que tiene un potencial muy grande si logramos sacar de la pobreza a la gente. Ha demostrado que supo integrar a muchos inmigrantes. Yo estudio justamente filósofos que todos eran hijos de inmigrantes nacidos en España o Italia, primera generación de inmigrantes y se sentían argentinos, y eso era porque habían podido ir a estudiar filosofía siendo hijos de zapateros italianos, como Coriolano Alberini que fue decano de la Universidad de Buenos Aires, por ejemplo. Los filósofos que yo estudio eran hijos de inmigrantes pobres, sin cultura formal y llegaron a ser decanos o rectores de la universidad. Eso fue algo fantástico que es más difícil que ocurra en Alemania.

Rostock¿Notás algún cambio significativo, en relación a tu vida, a tu carrera o tu personalidad?

Sí, cambió mucho la perspectiva. Profesionalmente sí. Yo estudié sociología, muy centrada en Argentina y mirando lo que se puede de Europa: Francia, Alemania…y desde Alemania ves el mundo, acá la gente estudia India, estudia África, estudia América Latina, Centro-América, Norte-América. Yo estoy en un grupo de doctorandos que trabajan todos temas internacionales. Se maneja mucha literatura en todos los idiomas, hay bibliotecas increíbles, es decir, es un antes y un después. Los contactos culturales, la recepción de ideas que yo estoy tomando ahora lo puedo comparar hoy con África, por ejemplo. Lo trabajo desde una perspectiva mucho mayor de la que tenía al llegar, cosa que desde Argentina es más difícil por muchas razones: porque falta la bibliografía, porque faltan los profesores que te puedan enseñar sobre India o sobre África o China. Acá hay especialistas de todo, entonces yo puedo hacer un seminario o tener colegas y ver teorías de la recepción y en la praxis ver como se da entre Japón y Europa en comparación con Argentina y Europa. Fui hace poco a unas jornadas donde había gente que estudiaba Weber en Japón, yo Heidegger en la Argentina y había un sociólogo de la India que estudiaba la recepción de Durkheim. Todos discutiendo la recepción sur-norte, pero también se empieza a abrir la relación sur-sur, India-América Latina por ejemplo. La idea de recepción de Europa a América Latina ya está muy estudiada. Otra cosa que me cambió el venir acá, es gracias a los archivos, las bibliotecas y los colegas no sólo ver la recepción Argentina de la filosofía Alemana, sino la mirada de los Alemanes hacia Argentina.

Eso es interesante, hay que observarlo y hay que ver que para ser potencia hay que conocer el mundo y tener investigadores que conozcan el mundo. ¿Desde qué lugar uno lo quiere hacer?, desde el lugar de conocimiento, no para ir a dominar a nadie, lo contrario, para cooperar, para comprendernos mejor. Todo esto me cambió totalmente la visión del mundo. Creo que todos los cientistas sociales deberían tener un momento de ir afuera sea donde sea, del país, incluso de la universidad, dentro del mismo país. Salir del lugar donde se formaron es muy importante para abrir la mente, para conocer otros colegas y otras miradas.

Cambios a nivel personal es más difícil de responder, tal vez lo puede responder otra gente que me conoce, yo no he notado un cambio muy grande de mi personalidad. Sí, quizá algunas costumbres alemanas que ya las incorporé, por ejemplo cuando llego a allá, me llama la atención que la gente se deja los zapatos si entra a las casas. Atino a hacer cosas que ya me quedan de estos 3 años de estar acá. Y en el léxico, incorporé muchas palabras que se usan en Latinoamérica, un español más neutro. La última vez llegué y les dije a mi hermanas que me pesaban un montón las maletas, se reían y me preguntaban ¿por qué las maletas?, ¡las valijas!. Y eso es porque tengo colegas y amigos de Latinoamérica, y empiezo a decir menos argentinismos para que se entienda mejor. Personalidad entonces diría que no. Sí pequeñas costumbres alemanas y latinoamericanas.

Clara_2¿Hay algo que te haya marcado hasta el momento?, ¿Algo que consideres un hito dentro de la estadía?

Sí, una de las cosas más lindas que tiene esta profesión es la búsqueda de archivos, y encontrar cosas nuevas. Antes de venir a Alemania, había pensado que la tesis iba a ser solamente recepción de la filosofía alemana en la Argentina en determinado período, la mirada Argentina hacia Alemania. Pero no se me había ocurrido hasta ese momento, porque tampoco tenía ningún material, pensar la mirada de los alemanes hacia la Argentina. Como sabía que había habido un congreso de filosofía en el año 49′ donde habían venido un montón de alemanes a la Argentina, pensé que si me iba a los archivos en Friburgo, en el sur de alemania, donde estaban los documentos de esos años, tal vez encontraría algo. Y además iba en búsqueda de las huellas de Carlos Astrada que había vivido en la ciudad. Carlos Astrada fue un filósofo Argentino que trabajó en Alemania en el período de entre guerras, y es el filósofo más importante para mi tesis. Fue el que recepcionó a Heidegger en la Argentina, fue uno de los receptores de la filosofía Alemana y el que más resignificó esa filosofía, intentando hacer una filosofía nacional y popular. Yo me fasciné con la figura de Carlos Astrada e ir a Friburgo en esa búsqueda de archivos, era una búsqueda importante, ya que en Friburgo también vivió Heidegger, es un lugar mitológico, diría. Friburgo es el lugar más lejos en Alemania al que se puede viajar desde Rostock. Fue un viaje largo…me hospedaron unas chicas que no conocía, iba con bastante expectativa y no sabía con que me iba a encontrar. Finalmente ese fue un viaje de un antes y un después. Cambiaron muchas cosas, cambió la perspectiva de mi tesis porque encontré en ese archivo, documentos, cartas y fotos de los alemanes en la Argentina que habían estado en ese congreso, diarios de viaje que hablaban sobre el país y sobre el peronismo, sobre la experiencia del viaje. Fue importante no sólo porque me di cuenta que con ese material podía cambiar y tomar esa mirada alemana sobre la Argentina, lo que fue un gran descubrimiento, sino porque además se me ocurrió hacer un pequeño homenaje a Carlos Astrada y buscar la casa donde vivió el filósofo. Busqué en los archivos y descubrí que su residencia estaba a metros del lugar donde me hospedada. Entonces ese día, que era feriado, me fui con un cartel que decía Aquí vivió el filósofo Argentino Carlos Astrada, a hacer justicia histórica. Claro que los vecinos se alarmaron, cuando me vieron hacer esto y fotografiando, y cuando salieron de sus casas para preguntarme y dije que era por un filósofo, me invitaron a tomar café con torta para que les cuente. Así que terminé hablando con todo el vecindario de Carlos Astrada. Y ese mismo día otra de las cosas que tenía planeado hacer era ir a la cabaña de Heidegger. Dudaba de ir…Heidegger es un personaje bastante oscuro dentro de la historia de la filosofía, pero me parecía que ir a su cabaña también debería ser parte de esa experiencia. Heidegger es un símbolo… incluso que él se haya querido quedar en esa cabaña en el bosque, lo que significa ese bosque, la vida campesina, lo alemán, lo romántico. No sabía si después del homenaje a Astrada tendría que hacer otra cosa ese día. Pero al llegar al lugar donde me hospedaba, encontré un papelito que decía: Si vas a la cabaña te acompañamos, el papel lo escribieron las dos chicas alemanas que me hospedaban, que no me conocían, pero que tenían ganas de dar un paseo ese día aunque no sabían quien era Heidegger. En el viaje les conté que Heidegger había sido uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Estando en la cabaña, y luego de varios periplos, apareció una señora por el camino, imaginé que era otra loca que iba a la cabaña, ya que el camino conduce sólo allí. Resulta que era una amiga del nieto de Heidegger y ahí mismo apareció el nieto. Me presenté y charlé con él, me atendió muy bien, y pasado el rato ya quería que haga traducciones de textos inéditos del filósofo…un poco exagerado. Fue un momento muy extraño porque la familia va sólo dos veces al año a la cabaña a cortar el pasto y a sacar las telarañas, y en ese mismo instante estaba yo. Volví pensando que había sido todo muy mágico, haber viajado hasta allá, sin saber que iba a encontrar y llevarme no sólo material para la tesis, sino una experiencia de historia vivida. Ese fue uno de los hitos más importantes de mi estadía en Alemania, que creo voy a recordar siempre. Y todo esto pensando en Guillermo David, un gran amigo Argentino, que fue el que inspiró mi tesis. Él nunca estuvo en Alemania pero conoce muy bien toda esta historia, y fue muy lindo mandarle las fotos y contarle que había estado ahí, ya que en el fondo fue un homenaje a él.

F1000031¿Cómo te imaginás tu futuro? Expectativas, sueños, miedos, esperanzas.

Mi futuro inmediato va a ser terminar esta tésis. Sé que lo que quiero es trabajar en el ámbito académico, científico, lo que más me gusta es la enseñanza y la investigación, así que va por ese lado sí o sí. La docencia sobre todo, y el aprendizaje constante con los alumnos, el ida y vuelta…el trabajo de archivo y seguir descubriendo nuevas huellas. Esto es lo que me gusta hacer, es lo que elegí y a lo que le pongo toda mi pasión. También trabajar institucionalmente para mejorar bibliotecas, archivos, me gustaría que toda la experiencia que tengo acá me sirva para trabajar en Argentina en ese sentido.

Acá tenés que hacer una habilitación, hay que escribir un segundo doctorado para tener una cátedra. Si me quedo en Alemania empezaría a escribir el segundo doctorado, y si quiero tener una familia se puede complicar. Quizá este es mi único temor, no poder unir las dos cosas.

¿Te quedarías en Alemania definitivamente? ¿Cómo plan de vida?

Sí y no. Para mi Alemania es mi segunda patria, la primera es Argentina. Acá ya me siento como en mi casa. La condición para quedarme sería, poder trabajar en lo que me gusta.

abril 12, 2013

Postal de Julia

Julia

Hoy llegó la postal de Julia, la artista que entrevisté en Berlín.

Le pedí a cada uno de los becarios que entrevisté, que me enviaran un mensaje en una postal.