Damián

 

Damián frente a la Schiller Uni Jena. Febrero 2013.

14 de Febrero de 2013

Tomé el tren desde Karlsruhe con destino a Jena, el viaje tardaría 4 horas. El paisaje desde el tren fue de los más lindos, un campo absolutamente blanco y ya entrado en las montañas. Cuando llegué a Jena me pareció un pueblo como los de los cuentos. Llegué al Hostel, no había nadie por ningún lado y me sentí un poco extraña. Llamé al dueño al teléfono que tenía anotado y me dijo que estaría ahí en 10 min. El lobby estaba totalmente desierto, algo que siempre me inquietó en Alemania, el silencio y el ¿dónde están todos?. Llegó el dueño y me mostró las instalaciones, dijo que me daría un cuarto doble o extra grande, le agradecí porque no había pagado por eso. Después me llevó a su oficina donde había muchísimos papeles pegados en la pared, me sentó a su lado de la computadora y me mostró todo lo que “debía” ver en Jena y Weimar y me dijo: Weimar es una de las ciudades más culturales del mundo y también una de las más oscuras por su historia nazi. Le dije que me interesaban las dos, que tenía planeado visitar la Bauhaus, su museo y la casa de Goethe. Me dijo que tenía que ver las dos facetas de estas ciudades hermanas, que estaba bien la Bauhaus y Goethe, pero que no podía dejar de ir a Buchenbald, el campo de concentración de la segunda guerra que se encontraba a unos 15 min de Weimar. Me corrió un frío por el cuerpo, mientras el hombre me explicaba como sacar los tickets para llegar hasta ahí. Me sentía helada, y encima me quedaba el resfrío.

Ese jueves amanecí temprano. Había quedado en encontrarme con Damián a las 10 de la mañana, me dijo que me pasaría a buscar. Estaba ansiosa por pasear por Jena, así que me levanté temprano, ordené un poco mis cosas, desayuné y salí con la cámara un rato antes de que fueran las 10. Volví y me quedé en la puerta esperando a Damián. Mientras, en la escuela de danza que estaba abajo del hostel, vi a unas 10 mujeres haciendo gimnasia con sus bebés a cuestas, miré el folleto que decía: Kangatanz, la danza del canguro. Madres y bebés se balanceaban al ritmo de la música, no podía entender muy bien de que iba la clase, algunos bebés estaban dormidos, y otros miraban para todos lados. Creo que después de unos minutos las mujeres se sintieron incómodas con mi mirada, y como todavía quedaban unos 10 min. así que decidí subir. Ahí me quedé charlando con la señora que limpiaba las habitaciones y al verme pispear en una de ellas, me invitó a recorrer las que estaban abiertas. Todas tenían una vista desde donde se podían ver los techos blancos de Jena. Fue cuando estaba abstraída y subida a esos techos que apareció por el ascensor Damián, preguntando por mi. Bajamos y emprendimos camino al centro.

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Damián me contó sobre su proyecto, habló de Napoleón, de la batalla de Jena, de la revolución francesa, de Hegel que eran los temas de su trabajo y también enumeró algunas de las razones por las cuales estaba en Alemania. Me dijo que podía ser un buen paseo subir al Landgrafenberg, donde estaba la piedra de Napoleón que marcaba el lugar de la batalla. Era un camino duro, pero que valía la pena. En ese momento me imaginé subiendo el camino, con frío y sola, medio resfriada y definitivamente dije que me encantaría, pero no podría hacerlo. Fuimos a comer al comedor de la universidad, la famosa mensa una vez más, y después nos tomamos un café en un bar, donde le hice la entrevista. El bar estaba copado por unos italianos que hablaban fuerte, Damián los saludó y se quedó charlando con ellos un rato. En la entrevista habló sobre su relación con la ciudad, la vida universitaria, las cosas que le parecían llamativas de la sociedad alemana, la relación de los individuos con el trabajo, algo que definitivamente también siempre me llamó la atención: como en su mayoría, las personas en Alemania cumplen su función laboral sabiendo que son imprescindibles para el sistema o engranaje social. Como si hubiera una especie de orgullo en ocupar esos puestos, algo que en Argentina es difícil de encontrar. Damián lo explicó de otro modo, mucho más extenso y desde un lugar más académico que me sería difícil traducir, pero me resultó interesante escuchar algo que percibía y él puso en palabras de una manera formal.

Mientras sacaba las fotos del lugar se me cayó la cámara, pensé que ya no funcionaría y a partir de ahí mi cabeza se fue con la cámara. Damián me acompaño hasta una casa de fotografía donde quizá la revisarían. Hacia el final del encuentro me recomendó que fuera a Lobeda en las afueras, donde se encontraba una ciudad soviética construida durante la RDA. En ese momento nos despedimos, Damián se excusó, tenía que volver a trabajar. Después de hablar un buen rato con el señor de la casa de fotografía, descubrió que la cámara estaba bien. Emprendí viaje hacia Lobeda. Desde el tranvía el paisaje se iba transformando, de casas bajas y parques a construcciones gigantes. Cuando bajé me sentí perdida, el frío y el espacio me abrumaron. Di unas vueltas y saqué algunas fotos como pude y la falta de un café a la vista me desanimó. Le pregunté a la única persona que vi caminando por ahí, y me dijo que allí no había ningún café, solo edificios gigantes. Decidí volverme.

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¿Qué viniste a buscar a Alemania y qué es importante para vos de este viaje?

Lo que vine a buscar a Alemania es la oportunidad de continuar mi proyecto doctoral que comenzó en 2011 en Argentina. Mi investigación es en gran parte sobre filosofía alemana, sobre la recepción y contraposición que Hegel tiene respecto de la filosofía política moderna. Estoy trabajando en esto desde 2007, y era una buena oportunidad venir acá para poder profundizar en algunas cuestiones que ya en Argentina no podía seguir trabajando, más allá del hecho de poder discutir con amigos, colegas y con mi director de tesis, era una buena oportunidad por distintas razones: por el director que tengo acá, por los compañeros que están haciendo el doctorado en temas semejantes, por los congresos que hay en Alemania y en Italia. Aquí uno tiene la posibilidad de desplazarse a otras ciudades sin que sea muy oneroso. La cuestión académica es muy importante y también tener la experiencia de poder profundizar los conocimientos del idioma, dado que mi tesis es sobre temas que parcialmente se atienen a filosofía alemana, tener en cuenta que uno está haciendo filosofía en alemán, en parte en español y en parte en alemán. Para mi es fundamental tener la experiencia de estar haciendo el trabajo filosófico acá, hablando en alemán, sin tener la mediación de la traducción de los textos y las discusiones en torno a esos textos.
 Me importa la parte académica, pero también la humana, que es muy formativa.

¿Cómo se ve Argentina desde Alemania
?

La impresión inmediata que uno tiene de Argentina cuando uno viene por primera vez es destacar aquello que se diferencia positivamente: las carencias que tiene nuestro país y las virtudes que tiene Alemania. Pero a medida que van pasando las semanas y los meses, uno revierte esa impresión. Uno empieza a advertir que es lo positivo que tiene Argentina, en lo que corresponde a las instituciones, a la sociedad civil en general en contraposición con Alemania.
 Dejando de lado la parte sentimental, creo que uno va percibiendo a grandes rasgos cuales son las connotaciones, que de manera superficial, uno proyecta en esas representaciones sobre Argentina: la importancia de la familia, la amistad, la contraposición entre la vida social y el rigor en el trabajo. Uno comienza a advertir cosas que acá no hay y que allá sí. En Alemania, no se cuanto de esto sea común, pero hay mucha gente que pasa las Fiestas solo, estar en soledad, como dicen: Ich brauche meine ruhe. Esa necesidad de estar a solas, con uno mismo se contrapone a una tradición diferente donde ese momento de soledad uno lo tiene con una llamada telefónica con algún amigo o tomando un café…es una experiencia más social.


¿Notás algún cambio significativo, en relación a tu vida, a tu carrera o tu personalidad?


En lo que tiene que ver con mi manera de trabajar, no siento mucho cambio, dado que tengo una manera de trabajar parecida a la que tengo en Buenos Aires. Tanto en lo que hago todos los días, como en la relación con mi director de acá. Sí, tengo la posibilidad de acceder a recursos materiales y simbólicos que en Buenos Aires es más difícil de tener, como es, la posibilidad de tener en una semana, libros de distintos países que se hacen por préstamo interbibliotecario. Para el que está trabajando en filosofía, mucho del material que se necesita se reduce a eso. Uno tiene la posibilidad de poder sistematizar ciertos aspectos de trabajo del doctorado.
 En lo personal, para mi es una experiencia interesante estar viviendo en una ciudad mucho más chica que Buenos Aires, con costumbres muy distintas. Jena tiene 110.000 habitantes y a pesar de que es una ciudad bastante conservadora, hay muchas familias en comparación con otras ciudades Alemanas, y otras ciudades del este. Y al ser una ciudad que gira en torno a la universidad -un tercio de los habitantes son estudiantes- se nota mucho lo que atiene a todas la actividades de la ciudad que están vinculadas con los estudiantes. Esa es una de las cosas que más me gustan, hay un clima estudiantil muy atractivo. Creo que la ciudad se piensa así misma integrada por una comunidad universitaria, los profesores son muy accesibles, uno puede encontrarse por la calle con un compañero, tomar un café… En ese sentido para mi es una experiencia muy enriquecedora, porque Buenos Aires en esas comparaciones, es difícil de ver esa idea de comunidad universitaria, por el tamaño que tiene, por la superposición de distintas universidades, la relativa departamentalización de distintas tendencias filosóficas que hacen que determinadas personas no quieran verse con otras, o que existan ciertas tensiones. Quizá aquí pasa lo mismo, pero no me di cuenta, hasta el momento lo que llegué a ver es cierto trabajo más dinámico, más orgánico, más generoso en ciertos aspectos.

¿Hay algo que te haya marcado hasta el momento?, ¿Algo que consideres un hito dentro de la estadía?


Me resulta muy interesante cómo se articula la sociedad alemana y lo que tiene que ver con la relación entre el ingreso al mercado laboral y el ingreso de los individuos a las instituciones educativas. Alemania por una parte es una sociedad que ofrece un status mínimo de calidad de vida digno, para cualquier ciudadano que tenga un trabajo formal. En principio no hay ninguna limitación para que cualquier individuo pueda ir a la universidad, a una escuela técnica o llevar a cabo el estudio que quiera. Sin embargo, no es una sociedad en la cual haya una muy destacada movilidad de clases. El sistema de Realschule, Hauptschule y Gimnasium: los padres deciden a qué secundario va a ir el chico cuando todavía es muy niño, esto determina de manera muy fuerte su destino en la vida, ya que marca si van a ir o no a la universidad. Sólo yendo al Gimnasium podés ir a la universidad, y sólo teniendo cierto promedio específico podés acceder a ciertas carreras en cada universidad. Cuanto más prestigio tiene la carerra X en determinada casa de estudios, más alto tiene que ser el promedio para poder ingresar allí. Yo conocí chicos que estudian ciencias políticas acá en Jena, porque tienen promedio bajo y no les da para hacer otra carrera. Entran en el conjunto de carreras que requieren menos puntaje. Los padres determinan un poco el futuro de los hijos, y lo que más me llamó la atención, es ver cómo el sistema alemán está conformado por un conjunto de contenciones materiales y simbólicas para dotar de una dignidad a cada persona que se encuentra llevando a cabo una tarea, una determinada función en cada lugar de la sociedad. Al maestro de la escuela se lo respeta porque ocupa un lugar vital en la sociedad, tan vital como el que es rector de la escuela o el ministro de educación. Quien recoge la nieve no goza del mismo prestigio, naturalmente, pero eso no implica que su trabajo sea degradado por el conjunto de la sociedad, tiene un mínimo de respeto que no se ve en otros países, precisamente por esta organización funcional de la sociedad. Eso puede tener distintas lecturas políticas, por un lado uno podría decir, que bueno que exista ese reconocimiento social que en cierto sentido en Argentina o en otros países no existe. Uno podría decir que el que trabaja en un empleo no calificado en muchos países del tercer mundo no se ve realizado en su trabajo, ya que accede a ese puesto por no tener algo mejor, con condiciones laborales en muchos casos deplorables, pero la clave es que esto genera una insatisfacción profunda, ya que siempre está pensando en que podría hacer algo mejor, pero al mismo tiempo eso mejor quizás nunca aparece. Pero acá existe ese reconocimiento y es muy común ver que mucha gente que trabaja en un puesto laboral que no requiere demasiada calificación, haya estudiado ya en una escuela técnica al menos uno año, dos o tres años, haciendo cursos prácticos de distintas características que lo habilitan para trabajar en ese puesto. El ejemplo que yo más conozco es el del librero, hasta donde tengo entendido no he visto en Argentina que alguien tenga que estudiar para ser librero, acá en Alemania uno puede estudiar, creo que es una carrera de 3 años, que no tiene tanta carga horaria como otras carreras, y una persona que está a cargo de una librería, estudió para eso. Eso permite por una parte dotar de esa dignidad social a la persona y a la vez que no se generen tensiones internas en lo relacionado con el hecho de que una persona que está ocupando un puesto de baja calificación sienta una suerte de rencor a la sociedad por formar parte de eso. No sé si eso sea necesariamente bueno o malo, depende de la ideología política que uno tenga. Pero me sorprendió cómo se mantiene esa armonía que por momentos lógicamente se rompe entre una consideración estamental de la sociedad, no solo una sociedad de clases. Por una parte absolutamente abierta, muy liberal, donde cualquiera puede hacer lo que quiera, pero por otra parte, bastante cerrada.

¿Cómo imaginás tu futuro? Expectativas, sueños, miedos, esperanzas.

Tengo cierta vaga idea de lo que quiero hacer, me resulta un poco difícil de mencionar en el marco del cual pueda hacerlo. Lo que me gustaría es estar acá un año y medio más con la beca y luego volver a la Argentina, terminar mi tesis de doctorado y poder investigar, dar clase de filosofía, y dedicarme a la filosofía en los marcos institucionales de la Argentina. Pero soy consciente que las posibilidades en general no son muchas, el sistema es exigente y hay muchas variables que no dependen de uno y son más o menos circunstanciales. Hoy CONICET está pasando por uno de sus mejores momentos en 55 años y están otorgando becas y cupos para ingreso a carreras como nunca lo habían hecho, realmente están en una posición muy privilegiada las personas que hoy están trabajando en CONICET, comparado con quien trabajaba en los años 90′. Sinceramente no se hasta cuando puede durar eso, en Argentina siempre hay un horizonte de incertidumbre, que hace que la capacidad de pronosticar de uno sea un ejercicio literario. La persona que decidió estudiar filosofía sabe más o menos a qué atenerse y sabe que uno está por fuera del ejercicio liberal de las carreras y de la capacidad de oferta que uno tiene en el mercado laboral. En ese sentido se que es probable que vuelva a Argentina a dar clases en un colegio secundario. De hecho yo para venir acá tuve que renunciar a la beca que tenía de CONICET y mi realidad es la de cualquier becario, no tengo una licencia en Argentina, yo vuelvo y no me reintegro. Si no me renuevan la beca acá, yo vuelvo a Argentina y estoy desocupado. Me gustaría tener la posibilidad de decidir qué es lo que quiero hacer.


¿Te quedarías en Alemania definitivamente? ¿Como plan de vida?

Es difícil de responder sin una propuesta y el contexto concreto de esa posibilidad, si tuviera la posibilidad hoy de decidirlo diría que no. Me siento muy identificado en muchos aspectos con la cultura de Alemania, con la manera de trabajar, en especial con la relación entre el individuo y el trabajo en lo cotidiano. Pero me siento muy arraigado con mi grupo de amigos, con mi entorno, mi familia… Todos viven en Buenos Aires. Por una parte volvería a Argentina, y por otra parte, hay que tener en cuenta que lo que tiene para ofrecer Alemania para un joven estudiante de posgrado es una lucha muy larga por alcanzar un puesto de trabajo, la cual implica hacer enormes concesiones de proyectos personales. El sistema para poder ingresar a la universidad aquí es bastante complejo y si bien el Professor que ya tiene 60 años y ha hecho su carrera, uno puede decir que vive bastante bien, pero yo no sé si hoy está en mejores condiciones de vida, de trabajo, sueldo y espiritualmente, comparado con el que trabaja en Argentina. En Alemania hay que transitar un camino que es bastante extenso y tortuoso, idealizar eso sería absurdo.
 Las características rígidas del mercado laboral hacen que quien no entra en el casillero correspondiente queda muy mal parado en el juego. Por el contrario, en Argentina hay un dinamismo que tiene que ver con tener actividades laborales diferentes, como por ejemplo que alguien que estudió filosofía pueda dar clases en un colegio secundario, eso es algo que acá en Alemania no existe. Esa lucha cotidiana genera una gran insatisfacción, pero también permite que existan una variedad de planes alternativos, algo que en Alemania es difícil de encontrar. Sin dudas, esto no habla bien y mal de uno y otro país, sino que muestra, creo, luces y sombras de distintos mercados laborales para quien hace humanidades.  

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