Mails

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Primer Mail

Queridos Todos,

La llegada a Alemania fue muy buena a pesar del intenso frío. Casi que no me di cuenta al llegar al aeropuerto de Berlín y bajé con la remera sin mangas y la campera de cuero con la que venía desde Buenos Aires. La escala en Madrid no me advirtió del frío que me esperaría en Berlín.

Recién al subir al tren que me llevaría a la ciudad, entendí que había llegado. Siempre me resulta raro desembarcar en el otro lado del mundo unas pocas horas después de haber dejado Buenos Aires. El departamento, donde me quedé en Berlín, resultó muy cómodo y lindo. La dueña, Kathrin, tiene una perra llamada Pina y ha trabajado muchos años en las galerías de arte de Berlín.

Berlín como siempre hermosa y ahora fría. Fui a la Berlinale con mi amigo Pascal y  logré ver bien de cerca a Jane Fonda, Matt Damon y a Gus Van Sant: Una cholu en la alfombra roja. Vi una película Polaca W IMIE, in the name of  de la directora polaca Malgorzata Szumowska y me quedó resonando un texto que dice el personaje principal:

Every day we die and are reborn again.
We become filled with doubt.
We lose faith in things that we used to value,
and the things we loved – repel us.

En el medio de todo esto, trabajé en el proyecto que vine a hacer y logré hacer 2 entrevistas a becarias argentinas, Clara una socióloga y Julia, una artista. Presenté el trabajo a mi profesor de la KHB, la misma escuela donde había estado 5 años atrás. Me recibieron como si hubiera estado ayer. Me encantó volver, usar la biblioteca y las salas para trabajar donde tanto tiempo había pasado.

Después partí en el tren hacia Braunschweig, donde me esperarían 4 becarios más, todos ellos estudiantes de ingeniería. En Braunschweig, vi dos muestras impresionantes de artistas locales: Bogomir Ecker y Harmut Neubauer. La de Bogomir me pareció increíble, una cita a Evidence, con la incorporación de una instalación.

Los becarios se prestaron amablemente a posar y a contestar las preguntas de la entrevista que tenía preparada. Después de vagar un par de días por la ciudad, empecé a sentir síntomas de gripe. Recordé entonces que al partir de Berlín, Kathrin estaba enferma y me había saludado desde lejos deseando no haberme contagiado…

Emprendí viaje hacia Karlsruhe, una ciudad casi en la frontera con Francia, en busca de más becarios. En el tren, me empecé a sentir afiebrada y ya con las últimas fuerzas, llegué al hotel. Aunque me sentía mal, a primera vista la ciudad me gustó mucho. Caí en cama con fiebre y tuve que faltar a la cena de bienvenida que me habían preparado los becarios. Al día siguiente, me levanté mejor. Recibí las coordenadas del encuentro con los becarios y partí hacia el campus norte del KIT (Karlsruher Institut für Technologie, es el MIT alemán). El encuentro sería en medio del bosque y entrevistaría a una doctora en física y a 2 ingenieros químicos. El lugar era gigante y cargado de agentes de seguridad, pero llegué a salvo y logré pasar. Los becarios, de lo más hospitalarios, me llevaron a recorrer los laboratorios y me contaron un poco acerca de los experimentos que estaban haciendo en el campus. Pasé todo el día con ellos, y me sentí muy bien. Fuimos al carnaval de la ciudad – que justo se hacía ese día- y terminamos el día comiendo panqueques en una de las residencias.

Me dieron ganas de quedarme un poco más, pero esa mañana salía mi tren con destino a Jena -una ciudad al este de Alemania, a unas 4 horas de Karlsruhe. El paisaje desde el tren fue de los más lindos hasta el momento, un campo absolutamente blanco y rodeado de montañas. Cuando llegué a Jena, me pareció un pueblo como los de los cuentos. Mañana me espera Damián, que está haciendo su doctorado en filosofía, justo en esta ciudad donde vivieron tantos filósofos. Pasado mañana me espera Weimar, donde voy a entrevistar a un arquitecto sanjuanino. Hoy cuando llegué al Hostel, el dueño me sentó a su lado en la computadora y me mostró todo lo que debía ver en Weimar y me dijo: Weimar es una de las ciudades más culturales del mundo y también una de las más oscuras por su historia nazi. Eso sí, aquí hace más frío que en cualquiera de las otras ciudades y la calle está llena de nieve. Ahora me queda el resfrío.

Veremos que me deparan estos días,
después volveré a Berlín a cerrar el trabajo.

Un abrazo a todos,

Jimena.

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Segundo Mail

Queridos Todos,

debía la segunda parte del relato de viaje, aquí va.

El jueves posterior a mi llegada a Jena, amanecí temprano. Había quedado en encontrarme con Damián a las 10 de la mañana, me dijo que pasaría a buscarme por el hotel. Estaba ansiosa por pasear por Jena, así que me levanté temprano, ordené un poco mis cosas, desayuné y salí con la cámara una rato antes de las 10. Volví y me encontré con Damián.

Cuando llegó, Damián me contó sobre su proyecto (que estaba relacionado con Napoleón) y sobre algunas de las razones por las cuales estaba en Alemania. Hicimos las fotos en la biblioteca, fuimos a comer al comedor de la universidad la Mensa, como la llaman los alemanes, y después nos tomamos un café en un bar donde le hice la entrevista. Mientras sacaba las fotos, se me cayó la cámara y pensé que ya no funcionaría. Esto hizo que mi humor cambiase repentinamente. Damián me acompañó hasta una casa de fotografía donde podrían revisar la cámara. Después de hablar un buen rato con el señor de la casa de fotografía y descubrir que la cámara estaba bien, me volvió el alma al cuerpo. Cuando me despedí de Damián, me recomendó que fuera a Lobeda. Esto quedaba en las afueras de la ciudad y allí se encontraban los edificios de la DDR, como llaman los alemanes a la ex Alemania comunista. Cámara en mano, emprendí viaje hacia allí.
Desde el tranvía, el paisaje se iba transformando: de casas bajas y parques, a construcciones gigantes. Cuando bajé me sentí perdida, el frió y el espacio tan amplio me abrumaron. Di unas vueltas, saqué algunas fotos como pude y, a la falta de un café a la vista, sentí que lugar me expulsaba. Decidí volverme.

Al día siguiente, me tomé el tren hacia Weimar donde me esperaba Carlos, un arquitecto sanjuanino. En la estación de Jena Oeste, me encontré con una placa en conmemoración a los judíos que habían sido llevados desde esa estación al campo de concentración. Me quedé pensando hasta que llegó el tren, intentando nuevamente comprender aquel horror. Cuando llegué a Weimar, tomé el bus que me llevaba a Buchenwald, uno de los campos de concentración donde habían muerto muchas personas durante el nazismo. Dudé antes de subir, y me pregunté si era necesario ir a ese lugar…subí al bus y llegué a una de las ruinas del gran surco de la humanidad.

El viaje fue por el bosque nevado, pude ver rápidamente el monumento gigante de los rusos a sus caídos en el campo. La sensación en el lugar fue extraña, el cuerpo tenso y la mirada en el horizonte. El lugar era muy grande, había que caminar mucho para llegar de un lugar a otro. Pasé por algunas estaciones del horror y ya no quise seguir. Aunque salió el sol, mi cuerpo seguía entumecido, entonces decidí volver… Cuando llegué a la ciudad, me pareció bellísima. Me zambullí en el museo de la Bauhaus y encontré ese mundo tan increíble que se había dado en esa Alemania de entreguerras. En aquella ciudad habitaban el espanto de la muerte y la atrocidad  junto a la expresión y la creación humana… Me quedé mirando la foto que estaba en la entrada del museo, donde estaban todos los estudiantes en una fiesta e imaginé ese momento y a esas personas llenas de vida.

Me encontré con Carlos frente al monumento de Goethe y Schiller. Lo vi hablando con unas señoras y enseguida me di cuenta que era él. Nos presentamos y fuimos a pasear por algunos puntos importantes de Weimar, como la casa de verano y el parque de Goethe, la biblioteca Amalia y el emblemático edificio de la Bauhaus. Durante el paseo, Carlos me contó acerca de su proyecto de urbanismo. Cuando volvíamos, ya estaba empezando a nevar. Nos despedimos en la parada del bus y me tomé el tren de regreso a Jena.

Al día siguiente saldría para Rostock, una ciudad pegada al mar del este; tendría unas 6 horas de viaje en tren por delante. El viaje a Rostock fue incómodo, ya que tuve que cambiar 3 veces de tren, y al pasar por Berlín, me dieron ganas de quedarme. En Rostock me esperaba Clara, la socióloga que había entrevistado en Berlín: ahora iría a vistarla a su lugar de trabajo. La estadía con Clara fue intensa ya que sólo estuve un día y medio en Rostock. Apenas me alcanzó el tiempo para sacar el retrato, hacer la entrevista y conocer la ciudad. Llegamos hasta Warnemünde, un balneario estilo Mar del Plata. El clima allí era muy lindo: gente paseando, comiendo pescado y tomando Gluhwein, el típico vino caliente y especiado, antídoto contra el frío.

El domingo a las 6 de la tarde, partimos juntas de regreso a Berlín. El viaje duró 3 horas y ¡no paramos de hablar! Cuando llegamos a Berlín, nos separamos en la estación de tren. La idea era volver a encontrarnos para cenar antes de mi partida. Esta vez, invitaríamos también a Julia que tenía interés de conocer a Clara.

¡Esa última semana en Berlín fue una locura! En ese corto plazo, tendría que terminar de revelar el material, entrevistarme con profesor K. por última vez, visitar a mi Oma (mi abuela alemana que vive allá) y todavía me quedaban 2 becarios por entrevistar. Pude hacer todo, menos encontrarme nuevamente con Clara y Julia. A la emoción de estar llegando al final del viaje, se le sumó la tristeza de ver a una Oma con el lenguaje perdido. La visité en el hogar de ancianos donde vive. Supe entonces que después de la última operación de caderas, había quedado sin posibilidad de hablar; solo balbuceaba.

La noche anterior a partir, me encontré con Osvaldo, un artista argentino radicado en Berlín que vivió el período de los 80′ en Buenos Aires con Ballesteros, Macchi, Suárez y hasta el famoso Luca Prodan. Le mostré mi trabajo y me dio una devolución muy contundente. Además, me regaló su catálogo donde estaban muchas de sus instalaciones. Las horas pasaron rápido y finalmente llegó el momento de la partida. Esa noche casi no pude dormir, tenía mucho equipaje y debía levantarme a las 4 de la mañana para tomar el vuelo hacia Madrid donde haría la combinación con el vuelo hacia Buenos Aires. Me llevó hasta el aeropuerto un taxista alemán que no estaba de buen humor. Afuera nevaba.

Cuando llegué a Madrid, el clima era muy distinto, la gente también. Como tenía 8 horas de espera, me fui directo al Prado a ver a Velázquez y a El Bosco. Almorcé y volví al aeropuerto. El vuelo fue bastante movidito, y cuando aterricé en Ezeiza, sentí una emoción extraña. Estaba contenta por todo lo vivido y agradecida por volver a casa.

El viaje en taxi hasta casa fue muy distinto al de Berlín. El taxista era un lector apasionado; me ayudó con las valijas con una sonrisa y me contó de su proceso de cambio interno. Me contó también que leía a Kafka y a Dostoyevsky entre otros. Me dejó en la puerta de mi casa, me entregó las valijas y me dijo: Sé libre.

Acá estoy de vuelta,
Abrazo a todos,
Jimena.

 

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